Viven al natural

Brenda Delabra

 brenda.delabra@diocesisdesaltillo.org.mx

Las carencias en el ejido Santa Elena han provocado la migración, pero hay quienes por trabajo y arraigo permanecen

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María de Jesús Monsiváis, enfermera que durante 18 años ha atendido la clínica

La vida en el campo ya no es de disfrutarse, llevar alimento, ropa o calzado se convierte en un lujo, sin tomar en cuenta la falta de servicios primarios como tener agua potable, energía eléctrica, drenaje, sin embargo las carencias no hacen  de la vida de los lugareños de Santa Elena un tormento, al contrario cuando salen a Cuatro Ciénegas el volver al terruño es un aliento.

En lo que está por convertirse en un pueblo fantasma, el ejido Santa Elena en Ocampo, Coahuila; aún tiene marcado el territorio gracias al trabajo de los candelilleros oriundos del lugar, que mantienen la esperanza de prosperar, pero también ven la otra cara de la moneda y están conscientes de que si la noble planta se extingue o la fuerza de los hombres se debilita tendrán que emigrar.

María de Jesús Monsiváis, enfermera que durante 18 años ha dado el servicio en la clínica que en esta administración federal forma parte del programa PROSPERA, es quien se encarga de las consultas, ahí no hay médico, no tienen servicio de papanicolaou, análisis sanguíneos, ahí no llegan las brigadas de la Secretaria de Salud o las que organiza el gobierno del estado, tampoco hay sala de urgencias, ni equipo para atenderlas, cuando se llega a presentar una emergencia el paciente se canaliza y se traslada en vehículo particular a Cuatro Ciénegas ciudad más cercana.

Así que la labor de María de Jesús se limita y mucho, con los estudios de enfermería la hace de médico, toma signos vitales, por la experiencia hace el diagnóstico, médica a enfermos que ahí llegan, “Nos comunicamos por radio pero a veces contestan y a veces no, queremos un teléfono satelital de esos que venden en Estados Unidos, pero es mucho el costo, hay que ponerle saldo por los minutos que consuma, la renta es de 5 mil pesos pero ese puede rentarlo un residente de Estados Unidos”, comentó en la visita que la hermana Noemi Caro y el párroco de Santa Catalina de Siena, Héctor Raciel de León hicieron al poblado.

La experiencia le ha enseñado a no quejarse, a estar cerca del camino llamado el bordo que conduce a los ejidos del desierto,  ella pasa los días en su horario de trabajo esperando quien llegue a por lo menos sacarle plática, “Somos población flotante, estamos una temporada aquí, otra nos vamos, como María que se viene 15 días y se va otros 15 a Cuatro Ciénegas y así. Aquí no hay nada, es por lo que se tuvo que salir la gente, no porque antes había mucha gente… No tenemos agua, no tenemos luz, no tenemos nada, ni transporte, ni escuela”, recordó la enfermera que se mantiene a cargo de lo que pretende ser una clínica que brinde atención a los habitantes de los poblados cercanos.

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En este poblado ya no se celebra la Santa Misa porque no hay fecha donde las ocho familias que aún habitan se congreguen

Pero la falta de infraestructura donde la oficina alberga un escritorio, una computadora vieja, las estructuras metálicas donde se guarda el medicamento, al frente una cama donde yacen viejos instrumentos de un quirófano que nunca se usaron porque no se tienen las condiciones, ni el médico para realizar una cirugía. En un costado el baño, una pequeña sala de espera con dos asientos, además de un cuarto habilitado para internados, que en su caso son personas canalizadas con medicamento, son gajes del oficio para esta mujer que a diario cumple con la jornada laboral.

“Tiene que estar uno donde está el trabajo, yo le digo a mi esposo voy a estar aquí mientras haya trabajo y si no me voy, si te quieres ir conmigo y si no pues aquí te quedas Santa Elena, él es de aquí, porque aquí ni para el ganado hay, la gente tiene pero no es tierra para mantener ganado”, y cómo dedicarse a la cría de por lo menos chivas, si no hay agua potable, el pozo es de agua salada, la usan para el quehacer, en la casa de María de Jesús hay un tinaco sin tapa, pues como un hombre en medio del desierto mantiene abierta la boca esperando el agua del cielo, con la que si es temporal logra llenarse, de ahí quienes habitan intermitentemente Santa Elena se abastecen para bañarse, más no para cocinar pues en el caso de esta mujer trabajadora cada semana va a Ciénegas a surtir seis garrafones de agua para beber y cocinar.

A pesar de las adversidades ella y su esposo Porfirio García son felices en Santa Elena, donde la tranquilidad se respira, se duerme en total oscuridad, en luna llena acompañados del resplandor, cobijados por las estrellas, sin el bullicio de una ciudad.

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