Unidos en el fervor guadalupano

Brenda Delabra

brenda.delabra@diocesisdesaltillo.org.mx

Adalberto Peña

adalberto.godines@diocesisdesaltillo.org.mx

 

Como un solo pueblo, la Diócesis de Saltillo peregrina una vez más a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Ciudad de México, 11 de julio de 2018

María del Socorro acudió a dar gracias por su salud. Foto: Brenda Delabra

Con el deseo ferviente de contemplar de cerca a la “Morenita del Tepeyac” y depositar en ella sus necesidades y aflicciones para pedir su intercesión, fieles de la Diócesis de Saltillo viajaron desde diferentes ciudades y ejidos del territorio que comprende a esta porción del Pueblo de Dios para participar en la Peregrinación Anual que se realiza a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe como una expresión de fe y unidad entre todas y todos.

Las largas horas de viaje se reflejaron en los rostros de desvelo de la mayoría de los peregrinos quienes desde temprana hora se dieron cita en la Glorieta de Peralvillo, punto de reunión para comenzar el caminar hacia el lugar dónde se venera a la “Madre de los mexicanos”; ni el cansancio, ni el hambre, ni la condición física de algunos desanimaron a las mujeres y hombres de todas las edades que caminaron sobre la Calzada de Guadalupe para llegar al destino final.

Globos, pañoletas, flores, imágenes de la Guadalupana y mantas con mensajes de agradecimiento sirvieron como símbolo para expresar la alegría con la que acudieron las y los miembros de la Diócesis de Saltillo. Al paso, los vendedores ambulantes ofrecían gran variedad de artículos religiosos, voces que se perdían entre los cantos, el rezo del Santo Rosario y el ruido habitual de la Ciudad de México.

Entre el grupo de la capilla Medalla Milagrosa y el ánimo de quienes le rodeaban, estaba la señora María del Socorro quien este año peregrinó para dar gracias por la salud, ya que en 2017 sólo acudió a la misa al estar en tratamiento en la Ciudad de México, “Venir a agradecerle a la Santísima Virgen el que yo haya salido con bien de mi enfermedad, que gracias de su intercesión ante Dios salimos adelante y no me voy a cansar de agradecerle los favores recibidos”, comentó.

La danza del ejido Emiliano Zapata acudió por primera vez a nuestra Peregrinación Anual Diocesana. Foto: Brenda Delabra

Siempre acompañada de su esposo, este año se sumó parte de la familia, pues el tenerla con vida y salir bien en sus revisiones periódicas es el motivo más fuerte para llevar flores a María de Guadalupe a quien pidió por las personas que al igual que ella estaban en tratamiento el año pasado. Este verano no hay petición alguna, simplemente el agradecimiento es mayor, “Ofrezco a la Virgen nuestro servicio y que nos ayude a seguir permaneciendo juntos en la comunidad”.

En una ciudad en donde todo mundo parece tener prisa, el ritmo acelerado y un tanto ajetreado, contrastaba con el paso calmado y la actitud orante de quienes caminaron para encontrarse con Santa María de Guadalupe. El rostro de las niñas y niños que participaban en la peregrinación, era el rostro de la esperanza por un mejor futuro, un mejor mundo, y una vida más digna.

El folclore de nuestra región se hizo presente en esta celebración diocesana. Jóvenes pertenecientes al ejido Emiliano Zapata conformaron la danza tradicional de los “Matlachines” que durante todo el recorrido ofrecieron su arte a la “Virgen Morena” sin importar los kilómetros que había que recorrer. Sus coloridos trajes abrían paso al contingente y el sonido estruendoso del tambor avisaba con júbilo el arribo de los peregrinos que sin importar la comodidad de sus zapatos, sandalias, tenis y hasta botas, mantuvieron el ánimo, como los integrantes del coro de Santa María Reina que por primera vez participaron en la Peregrinación Anual Diocesana.

Las notas de la acordeón y el requinto de las guitarras se fusionaron en un “fara fara” para poner música a las voces de los integrantes del Comité Diocesano de Trabajadores Guadalupanos que entonaban con música regional los cantos dedicados a la “Emperatriz de América” llenando de tradición y cultura la manifestación de amor de nuestra Diócesis de Saltillo a la Madre de Dios.

Alegres y con el corazón dispuesto ante María de Guadalupe los peregrinos recibieron la bendición. Foto: Brenda Delabra

Con el sol a plomo las y los feligreses de Saltillo, Monclova, Ramos Arizpe y ejidos de la Sierra de Arteaga olvidaron el cansancio, la sed y agitaron los banderines en señal de que el encuentro con nuestra Madre María de Guadalupe estaba cerca, así lo fue para el matrimonio de Rosita Alemán y Francisco Alemán Salas, que visitan por primera vez juntos la Basílica, “Estábamos un poco desanimados por lo económico pero los padres de nuestra parroquia nos invitaron e insistieron gracias a Dios se dio, mi esposo tenía muchas ganas de conocer la Basílica, yo ya había venido de soltera tres veces y mi esposo es la primera vez”, contó con entusiasmo Rosita.

El viaje fue pesado, ellos habitan en el ejido Potrero de Abrego, Arteaga, Coahuila, para llegar a Saltillo son tres horas aproximadamente, sin duda las más de ocho horas por carretera valieron la pena, “Es una experiencia bien bonita, andamos bien animados, contentos y felices por estar en la casa de nuestra Madre Santísima. Vamos a darle gracias por esa gran oportunidad que nos da de estar en su casa, ofrecerle este sacrificio de caminar, de estar desvelados, cansados que lo tome con mucho afecto y ofrecerle las intenciones de nuestras comunidades”, externó Rosita, mientras su esposo Francisco no dudó en afirmar: “Quién pensaba que íbamos a llegar tan lejos y se nos concedió”.

Con vítores llegaban hasta el atrio de la Basílica los devotos a María. De entre la multitud, un hombre de edad avanzada pero con el ánimo rejuvenecido, lanzaba consignas que emocionaban a los asistentes: “¡Viva la Reina de los mexicanos!, ¡Viva la Reina de los trabajadores!”. El pueblo con el puño arriba contestaba: “¡Viva!” para terminar con un aplauso que se prolongaba por minutos.

Las caras de satisfacción no se hicieron esperar al momento de ser recibidos por Fray Raúl Vera López, O.P. nuestro obispo, quien les dio la bienvenida con la aspersión del agua bendita para luego disponerse a iniciar, junto con el presbiterio que le acompañaba, la Celebración Eucarística llegada la hora meridiano. Los rincones en la parte trasera del templo, el piso fresco de los pasillos, un espacio reducido en alguna banca e incluso de pie recargado sobre un muro; cualquier lugar era bueno para escuchar el mensaje del pastor de la Diócesis de Saltillo.

Sin importar la comodidad o incomodidad del calzado hicieron el recorrido hasta llegar a la Basílica. Foto: Brenda Delabra

Durante su homilía, Monseñor Vera López, recordó que todos deben participar en la construcción del Reino de Dios, pues incluso María, considerada de entre “las pequeñas y los pequeños” hizo grandes cosas: “Por su fe, ella entiende que Dios no necesita de personas autosuficientes, letradas y con cargos de importancia, pues estarían ya muy ocupadas por múltiples compromisos, relacionados con sus intereses personales. No, Dios necesita de personas disponibles a desgastar su vida y su tiempo en bien de las y los demás. Por ello, apenas supo de la situación delicada de su prima Isabel, a quien no obstante su avanzada edad, Dios le había concedido un hijo, María entendió la necesidad que tenía Isabel de ella, y presurosa se puso en camino para acudir en su auxilio”.

Además recordó que la fe de la Madre de Dios hace renacer la de todas y todos, misma que deberá traducirse en obras y acciones concretas a favor de la realidad del país: “La fe que María tiene en Dios, es la que nos hace venir ante ella para seguir su ejemplo en nuestras propias decisiones de vida. Sigamos de la mano de María para darnos cuenta por nuestra fe, que con nuestra condición de sujetos recuperados por Cristo, a través de su Pascua, nos tenemos que hacer responsables de que la Alianza Nueva de sus frutos. Que México vuelva a ser de los mexicanos, nos compete a través de trabajos puntuales con nuestra propia honestidad, generosidad, el cuidado y respeto a la madre tierra, el apego a la verdad y a la justicia, y nuestra solidaridad con quienes más sufren, para recuperar el verdadero sentido de una sola Nación en la que todas y todos somos hermanos”.

Estar unos instantes bajo la Tilma del indio Juan Diego, contemplando la mirada de Guadalupe que con ternura acoge a quien va a ella, hace que el recorrido desde sus diferentes lugares de origen valga la pena, para cada persona que se dispuso a visitar al milagro que da identidad a gran parte del pueblo de México.

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