Un sacerdote aventurero

Brenda Delabra

 brenda.delabra@diocesisdesaltillo.org.mx

Entre el escultismo y el sacerdocio Antonio Elizondo logró encontrar amigos, dar testimonio de una vida plena para disfrutar de la felicidad que ahora goza

La palabra de Dios representada en la Biblia también fue colocada

Quién no conoce al padre Toño Elizondo, el hombre de lentes con gran aumento, delgado, de carácter fuerte pero siempre amable, principalmente con los niños a quienes en su formación en el catecismo siempre les infundió el amor a la virgen María.

Párroco de Cristo Rey, recibió el nombramiento el 30 de septiembre de 1979 y terminó su labor el 11 de enero de 2006, el presbítero fue vicario fijo cuando era cuasi parroquia de 1974 a 1979. Ahí en el templo ubicado en la  colonia Guayulera, vivió la realidad de un pueblo con problemas de pandillerismo, drogadicción, las familias dependientes de una economía basada en la maquila de ladrillo, de las fábricas del Grupo Industrial Saltillo, Cinsa y Cifunsa, General Motors y el comercio informal. Su trabajo pastoral fue encaminado a la formación cristiana, no sólo rezando, él salía a los ejidos a visitar a los campesinos, mismos que le correspondían regalándole de su cosecha.

Los domingos era típico llegar a la capilla Nuestra Señora del Rosario, ubicada en la colonia La Peñita y percibir el olor a manzana, en reja o en bolsa estaba lista para venderse al terminar la misa. La escuela del padre Toño para los niños del catecismo, al menos en ese templo, era acudir a la misa dominical de las 11:30,  los varones se sentaban a su derecha y las niñas a la izquierda, mientras los padres de familia en las bancas del pasillo central escuchaban la misa, quizá segregar por género no era lo ideal, pero a él le gustaba predicar y tener de cerca a quienes estaban en su formación cristiana, porque solía preguntar a los niños y las niñas sobre el mensaje de la homilía, era como una prueba para ver si prestaban atención.

Los Heraldos de la Paz, hermanos que lo cuidaron en los últimos años se despidieron

Al finalizar la celebración siempre anunciaba la venta de manzana, con la que ayudaba a sus templos. Vivió en la casa parroquial anexa, frente a una cancha de básquetbol, donde cualquiera que le gustara hacer deporte podía entrar de domingo a domingo, sin restricción.

Una perrita de raza Chihuahua, de la que no recuerdo el nombre, fue su fiel compañera durante años, misma que llevaba a algunos lugares y que también lo salvó de ser asaltado en más de una ocasión al detectar la presencia de un hombre que intentó irrumpir en la casa parroquial una noche, ladró alertando al sacerdote que despertó y sin temor ahuyento al ladrón.

Fuera de su labor pastoral, fue un apasionado del escultismo. En 1942 realizó su promesa como scout a la edad de 13 años, fue tal su dedicación en esta disciplina que lo llevó a obtener varios cargos dentro del movimiento. Luego de ser promovido como guía de patrulla, se le nombró jefe de la tropa y posteriormente se hizo cargo de la jefatura del grupo uno, ya ordenado sacerdote se convirtió en capellan de los scouts pero su espiritú aventurero no le permitió abandonar el cargo de organización de campamentos y adiestramiento.

Cumplió fielmente la promesa que hizo aquél día en el que recibió su pañoleta que a la letra dice: “Yo prometo, por mi honor, hacer cuanto de mi dependa para cumplir mis deberes para con Dios y la patria, ayudar al prójimo en cualquier circunstancia y cumplir fielmente la ley scout”, su testimonio le valió que luego de la creación de la Casa Scout ubicada en Saltillo, ésta llevara su nombre hasta la fecha.

En 1957, al encontrarse él en Roma y conocer a los capellanes de Italia y Roma, tuvo la oportunidad de asistir al Jamboree mundial para conmemorar el 50 aniversario del movimiento scout y los 100 años del natalicio de Baden Powell, fundador del escultismo; esta experiencia quedó presente en su memoria hasta el último día de su vida, según palabras del presbítero José Raúl Bonnafoux Gómez, quien compartió con el padre Toño sus últimas horas de vida.

Feligreses, amigos, hermanos que le sobreviven y sacerdotes acudieron a darle el último adiós

La obra de nuestro sacerdote Antonio Elizondo quien erigió el Cristo de las Galeras, tiene una historia, el proyecto que echó a andar con la intensión de representar el catolicismo en Saltillo con ayuda de feligreses, diversas parroquias, y bienhechores fue consumido por el fuego el 31 de marzo de 2005, lo cual fue un duro golpe para el sacerdote que con gran esfuerzo logro levantarlo, pero no se dio por rendido, la constancia hizo que el proyecto se levantara de nuevo, en un mirador que no ha sido concluido.

Sin embargo, el legado del Cristo que cobija el poniente de la ciudad a un costado del Cerro del Pueblo, seguirá recordando la figura del padre Toño quien desde su labor pastoral o bien, vestido con su camisola y pañoleta compartió hasta hace dos años con pequeños scouts la historia del monumental Cristo, como lo recuerdan sus compañeros, “Fue un gran capellán de los scotus, nos enseñó mucho con sus valores, su sabiduría, sus ganas de salir adelante y enseñar tanto a los muchachos para dejarles un mundo mejor”, comentó Olga Reyes, Akela Grupo 6.

El último adiós del padre Antonio Elizondo Solís, fue en su casa, donde vivió el sacerdocio, hizo amigos, convirtió jóvenes, celebró infinidad de veces y no podía faltar la despedida al reino en su querido Cristo Rey.


Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial
RSS
EMAIL
Facebook
YOUTUBE