Un presbítero en el desierto

Pastoral de la Comunicación

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19 de julio de 2018

Que trata de encontrar su identidad sacerdotal

La formación en el Seminario cambió con la llegada de Fray Raúl Vera a la Diócesis de Saltillo. Foto: Cortesía P. Víctor Hernández.

Un hombre serio, de carácter fuerte, solitario y rodeado de mascotas, es el padre Víctor Hugo Hernández Rea, quien hace poco más de tres años fue asignado al templo Cristo Rey, ubicado en Laguna del Rey municipio de Ocampo, Coahuila.

Entre el sol que penetra en la piel, un clima árido, una población adulta que trabaja en la planta de Peñoles, jóvenes que no tienen más que estudiar y pasear en bicicleta por las calles o caminando, es como pasan los días del presbítero quien se ha adaptado a la forma de vida, luego de estar cinco años en Saltillo en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, como vicario.

La timidez de su mirada dice mucho, es el más chico de nueve hermanos, sus padres la señora Ventura Rea Venegas y el señor Raúl Hernández Sánchez ya fallecieron. La relación con sus cuatro hermanas y cuatro hermanos es a distancia, pues todos viven en diferentes ciudades, y llegar a Laguna del Rey son más de cinco horas por carretera de Saltillo a dicho municipio, por fortuna los medios electrónicos y la red de internet facilitan la comunicación.

Llegar a la casa que está a un costado del templo, es trasladarse a un hogar tradicional donde más de 12 pájaros alegran la mañana con su canto, especies como canarios, pericos australianos y cacatúas visten el antecomedor y la cocina adjunta, donde cajas de cereales, avena con sabor y mucho alimento para las aves le dan color. Al salir de la cocina la puerta conecta con la sala comedor y frente a ella la habitación del padre Víctor.

Desde la puerta se nota que es un hombre ordenado, ahí sobre un pequeño librero de madera están los títulos ‘Los Miserables’ de Víctor Hugo, ‘El Quijote de la Mancha’ de Miguel de Cervantes Saavedra, obras de Octavio Paz y José Saramago, entre otros y la Biblia que no puede faltar.

Su ropa está perfectamente ordenada, al igual que los zapatos y hasta sus tres tortugas, que duermen bajo la cama. Bajo ese ambiente el padre Víctor Hugo abrió las puertas de su hogar para compartir parte de su vida.

Nació en San Pedro de las Colonias el 16 de agosto de 1974, su inquietud por el sacerdocio fue desde niño, al ser su familia muy religiosa. Desde pequeño jugó a ser sacerdote, recuerda su participación en las posadas, llevar flores a la Virgen María y servir en el altar, “Mi infancia fue muy cercana a las parroquias, poco a poco me di cuenta que Dios me llamaba para la vida sacerdotal”, comentó el padre Víctor Hugo Hernández.

Ingreso al seminario

Aceptar un cambio le es difícil pero al mes logra adaptarse con su nueva comunidad. Foto: Brenda Delabra

Sus estudios de preparatoria los hizo en Saltillo donde decidió quedarse para estudiar filosofía y continuar con teología, al estar siempre seguro de su vocación. La estancia en el Seminario Diocesano de Saltillo con los formadores de aquel entonces lo hicieron tener un discernimiento en la cuestión vocacional, estando como pastor el Obispo Emérito Francisco Villalobos Padilla, justamente le tocó la transición con la llegada de Fray Raúl Vera quien le que dio los ministerios de lectorado, acolitado, diaconado y el presbiterado con un línea muy marcada a la realidad social.

“Cuando llega don Raúl Vera a la Diócesis de Saltillo estaba en cuarto de teología y nos fuimos a un trenecito para renovar el proyecto pastoral, entonces mi generación desde cuarto de teología crecimos y nada ajeno para mí (el trabajo pastoral). Veo que mis compañeros del Seminario ahora sacerdotes hemos tratado de responder a este proyecto de nuestro obispo, el padre Candelario, César Boone, Antonio Tapia, Omar Ordoñez, Fermín Parra”.

El padre Víctor Hugo se ordenó como diácono en la parroquia de Santiago Apóstol, posteriormente sirvió en el Santuario de Guadalupe de Monclova, tras ser ordenado sacerdote fue enviado a Saltillo donde fue vicario 6 años, hace tres años  y medio fue enviado al templo Cristo Rey ubicado en Laguna del Rey municipio de Ocampo, Coahuila.

“Gracias a Dios y también al Obispo he conocido realidades muy distintas. Era una realidad que yo no conocía y que me ha servido mucho como persona, como presbítero, como sacerdote el servir en esta comunidad, no ha sido nada fácil, al contrario ha sido muy difícil pero he descubierto la voluntad de Dios en estos tres años. Es una de las comunidades más lejanas de la Diócesis en distancia, no en trabajo pastoral, de aquí a Saltillo son entre 5 o 6 horas, todos los proyectos pastorales se realizan aquí pero son más lentos por la estructura de la comunidad”.

Desafíos personales

La primera imagen de la Virgen de Guadalupe fue un regalo de su hermano Alfredo que vive en Oaxaca. Foto: Brenda Delabra

En estos cambios de parroquia, el sampetrino ha tenido momentos de desacuerdo, resistencia de cambiar su lugar de residencia, al tomarles cariño a las comunidades que guía espiritualmente, “Me cuesta mucho la obediencia. Todos los cambios los he sufrido. Tiendo a encariñarme con una comunidad parroquial pero vamos a decir, he disfrutado mucho mi sacerdocio, las parroquias a las cuales el señor Obispo me ha enviado, tengo limitaciones y errores y he tratado de aprender de esos errores para aprender día con día del Evangelio”.

Vivir en Laguna del Rey ha sido un desafío, en el que experimentó la soledad y ver las dos caras de la moneda. “Se experimenta mucho la soledad, al mismo tiempo que es un riesgo, es un desafío, porque un presbítero estando solo tiene la libertad de muchas cosas, pero también tiene el regalo de la soledad, es un privilegio pero también uno tiene que cultivar”, destacó el sacerdote.

Las mascotas sanan su soledad

Siempre ha tenido un gusto por las mascotas, actualmente tiene dos ejemplares Husky Siberiano un macho llamado Hércules y la hembra Zafiro, tres tortugas del desierto todas llevan el nombre de filósofos la mayor tiene 25 años de edad, más de una docena de aves de diferentes especies.

Contar con la compañía de estos ejemplares le da un momento recreación en el solitario pueblo, al salir por las mañanas y noches a caminar con los perros, sacar a las tortugas al jardín, intercambiar silbidos con los pájaros es algo que le rompe la rutina y que además disfruta.

Devoto de la Virgen de Guadalupe

En la sala comedor las paredes están vestidas con imágenes de Santa María de Guadalupe, cada una tiene un significado en su vida al ser la mayoría regalos de amistades, familia y feligreses.

“Encuentro rasgos maternales de una mujer indígena, de una madre que acompaña, que está con el pueblo mexicano, que está con los pobres, los obreros, con los campesinos, los niños, los jóvenes y adultos. Es una madre en toda la extensión de la palabra, es lo que representa para mí la “Morenita del Tepeyac” como sacerdote, como hijo, como cristiano”.

Además admira a santos como San Francisco de Asís por su misticismo y espiritualidad, “encarnada en la creación, en el cosmos, el universo, los animales, la fraternidad, una relación continua con el hermano sol, la hermana luna, el hermano animal”, comentó.

También al Santo cura de Ars por su espiritualidad en cuanto al ser presbítero y el  alcanzar la santidad. San Juan de la Cruz se suma a su lista por ser un santo místico de espiritualidad muy profunda.

No se está preparado para enfrentar lo que viene

Disfrutar del paisaje del desierto es algo que aprendió a su llegada a Laguna del Rey. Foto: Brenda Delabra

El dicho de que un sacerdote no es eterno en una parroquia, es algo que aún le cuesta superar al presbítero, y aunque en primera instancia no estuvo de acuerdo con el cambio después de ser vicario en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario donde trabajó con niños down, el llegar al desierto le costó más que sudor al ser asignado a una comunidad donde los suicidios era la principal problemática.

“El desierto es impredecible, no hay nada, se vive al día, se vive del trabajo, compartiendo la fe, la esperanza, la caridad con una comunidad pobre y al mismo tiempo rica con trabajo, en esfuerzo, en compromiso con el trabajo cotidiano. Aquí no hay una zona de confort, ahorita hay luz, si llueve y viene un viento cortan la red. Es improvisar, es confiar en la Divina Providencia”.

La confianza en la Divina Providencia le ha ayudado a vivir la época de “vacas flacas” junto a las familias que a diario visita y con quienes llega a almorzar o comer, pues confesó que la cocina no es algo que se le de muy bien. Ya por la tarde la cena puede ser una avena, cereal o después de caminar tomar una cerveza o un tequila para ir a dormir y continuar al día siguiente con el inicio de la oración de las Laudes a temprana hora, celebrar misa a las 9:00 horas, de acuerdo a las actividades planeadas para el día.

“No le tengo miedo ni a la pobreza ni a la riqueza, he tratado de disfrutar todos los momentos que Dios me ha regalado, ser feliz. Saco fe de una mujer que siempre estuvo conmigo; mi madre”

Y reconoce las bondades del desierto en donde ha aprendido a disfrutarlo, “Me gusta mucho tocar la arena, descalzarme y disfrutar lo frío o caliente de la arena, es una sensación padrísima, el olor de la gobernadora, cuando llueve la tierra mojada, el paisaje con el nopal, las tunas y las pitayas, ese color, una flor en un cactus es una cosa que disfruta uno mucho, los olores, la flora y fauna del desierto”.



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