Un dolor oferente

Saltillo, Coahuila a 30 de octubre de 2018

Argelia Esparza Flores relata su testimonio en la lucha contra el cáncer para reconfortar a quienes, como ella, padecen esta enfermedad.

Argelia Esparza, HCG, firmando sobre el altar la fórmula de consagración perpetua. Fotografía: Archivo personal de la hermana Argelia Esparza.

Que esta página, la primordial, la que marca el tono musical, como la obertura de la sinfonía inacabada de mi vida, se convierta en el testimonio sincero de gratitud a Dios, pues Él, lleno de indulgencia me ha visitado, ha tomado con sus manos poderosas mis pobres manos frías, me fundió cálidamente en su amor y me sigue dando vida. Me llamo Argelia Esparza Flores, soy una creyente, una religiosa perteneciente a las Hermanas Catequistas Guadalupanas, congregación fundada por Monseñor Jesús María Echavarría que tiene como misión la evangelización, la catequesis y la educación. Soy una mujer apasionada por la Palabra de Dios y tengo un cáncer invasivo, agresivo y doloroso.

 
Hasta hace unos meses me dedicaba a la enseñanza en el Colegio Morelos, en Saltillo, Coahuila, con un horario saturado y por las tardes ejercía mi profesión como psicóloga, brindando terapias familiares e individuales a quienes lo solicitaban. Corría, subía, estudiaba. Justo en el 2017 terminé dos doctorados, uno en psicología y otro en filosofía, escribí tres libros: “Los 7 pasos para pasar del dolor al perdón”, “Historia del Colegio Morelos, 80 aniversario” y “La ternura de Dios Padre y Madre”. Consideraba que había muchos sueños y metas por alcanzar, según mi proyecto de vida.
 
Sin embargo, en enero de 2018, Dios me visitó mediante la agudeza de mi enfermedad; de pronto, después de varios estudios, vino el diagnóstico final. No tengo duda que Dios me ha regalado este inconmensurable don de la fe, pues desde ese día es justo la palanca que mueve mi vida y me ha mostrado su amor y ternura como un derroche inagotable. Él tomó mis manos vacías y ahora me conduce a un destino de gloria que no terminará jamás. Me unge para comprometerme más con mis hermanas y hermanos, las mujeres y hombres de esta tierra, para que caminemos juntos a la nueva Jerusalén.
 
Sé que para muchos la palabra cáncer sigue siendo en su diccionario palabra casi maldita cuya sola pronunciación conviene evitar a toda costa porque posee siniestras resonancias, significa muerte próxima, casi inminente. Y es verdad, con la aparición del cáncer uno se enfrenta a la propia muerte, contempla la fiereza que mata, que existe y es verdad, también sé de muchos casos en que, detectado a tiempo, han logrado superarlo con una dosis de fe y optimismo, con el calor de los amigos, la familia y siguiendo el experto consejo de los médicos.
El peligro consiste en querer abdicar de nuestra existencia y enterrarnos en vida, pero hay en nuestra historia una novedad que aún no conocemos: la buena noticia del Evangelio que pregona que la vida eterna comienza aquí y ahora y no tiene retorno, tampoco fin. Dios nos acoge entre sus manos poderosas y nada ni nadie, ni el cáncer, ni la muerte nos va a separar de su amor, y es entonces cuando vislumbramos y contemplamos que una nueva mañana empieza, que el sol destierra todas las sombras y comienza a brillar esplendorosamente la luz sin ocaso.
 
Después de una cirugía de alto riesgo donde finalmente solo quedó la enfermedad en órganos vitales, comencé a recibir sesiones de quimioterapia; parece un proceso simple: llego, saludo y todos contestan “buenos días (o buenas tardes), madre”, eso me compromete, me siento en un sillón al lado de varios compañeros y me descubro el brazo, lo extiendo, me canalizan y comienzan a pasar sueros que van a purificar la sangre, que van a matar las células cancerígenas y de paso también masacran las sanas, es como veneno benigno.
 
La sala de quimioterapias parece como una Iglesia llena de fieles ofreciendo un sacrificio en conjunto. Siempre recibo, de quien está a mi lado, íntimas confidencias; pareciera que se opera el milagro de una apertura, de una ilusión recobrada. Salgo sin fuerza y empieza un proceso de “recuperación”. Son días en que he llegado a experimentar el despojo total, me he caído en varias ocasiones por faltarme fuerza y al estar, literalmente, tirada en el piso, donde he pasado horas, oro en un silencio doloroso y oblativo. Siempre tengo presentes a mis amados hermanos sacerdotes, las familias y la salud de quienes padecen. Afirmo con certeza que cuando el dolor es presentado como ofrenda, es más llevadero.
 
También quiero hacerles una confidencia, lectores: Yo, antes del cáncer, vivía inmersa en un delirio de actividad, como bien versa “La venia bendita”, una canción popular de Marco Antonio Solís: “le faltan horas al día…”, así yo, mi vida era un sin vivir, una carrera contra reloj, siempre estimulando con urgencias y prisas, en perpetua aceleración -no se puede perder ni un segundo en el apostolado, en la acción, en la misión- me repetía constantemente.
 
Trabajaba, estudiaba, daba terapias y pláticas, una y otra en una sucesión interminable, en progresión imparable. Todo me parecía poco para dilatar las fronteras del Reino de Dios. Todas mis obras estaban enfocadas en la salvación del mundo y en que eran para la gloria de Dios, eso era el único móvil de mi vida.
 

Hoy, la hermana Argelia, enfrenta una lucha contra el cáncer y desea que su testimonio sirva para confortar a quienes pasan por situaciones similares. Fotografía: Archivo personal de la hermana Argelia Esparza.

Ahora, el cáncer me ha cambiado todo, me ha sacudido fuertemente, actúo con sosiego y calma, hago todo sin prisas, consciente de que soy un frágil instrumento en las manos poderosas de Dios. Esta enfermedad me abrió los ojos del corazón, ha abierto una brecha de luz, he descubierto que la vida se esclarece cuando una realidad absoluta la ilumina: El amor, que toda mi existencia solo merece la pena cuando se vive a partir del amor. Las otras realidades son transitorias, miserias de nuestra natural condición. La lucha por aparentar más de lo que somos, las intrigas palaciegas, la ambición sin control, la sutil soberbia, la inútil basura que acumulamos… Acaban por desaparecer, porque dejan de tener sentido en una vida nueva.

 
Los diagnósticos no son nada alentadores para mí, sin embargo, todo me parece nuevo, limpio, huele a verdadero, todo pareciera que acaba de hacerse, todo es puro milagro. Tiempo atrás ni por la mente me venía la idea de padecer esta enfermedad, cuyo solo nombre atemoriza y estremece. Es una idea remota, distante, una realidad que pareciera que existe solo en los obituarios plasmados en los periódicos, que sacude a algunas personas y nos condolemos, es como si siempre quedará tan lejos y siempre la situamos más allá, como si nos consideráramos inmunes, autosuficientes o demasiado fuertes en la salud para admitir un flanco de debilidad.
 
Creo firmemente que mediante la fe no desertamos de esta vida, ni abdicamos de vivir. No claudiquemos nunca, nadie nos va a remplazar. La vida, como una creatura desvalida, nos pide que la tomemos en nuestras manos y la protejamos, pide nuestro cercano compromiso, reclama audacia y valor. Hay que amar y luchar, es preciso hacerlo a favor o en contra pero siempre proseguir hacia delante, pues el mismo Dios ha puesto en nuestro corazón, como semillas, las capacidades. Por tanto; creer es permitir que estos legítimos anhelos germinen y crezcan, florezcan y fructifiquen. Dios quiere que nos empeñemos en vivir, con todas las consecuencias que esto implica, sin fisuras, plenamente.
 

Dios cumple los deseos de nuestro corazón y me pregunto: ¿Habrá algún anhelo más profundo que el de vivir?, ¿un ansia más

Disfrutar la vida y servir a Dios, ha sido el objetivo de la hermana Argelia. Fotografía: Archivo personal de la hermana Argelia Esparza.

ardiente que mantener la vida que Él nos da?. Hay que luchar contra el cáncer y todas sus amenazas a muerte que nos hostigan. Dios no nos abandona, nos unge con su fuerza victoriosa, es un Dios que pelea a nuestro lado.

 
En los momentos en que el dolor es menos, disfruto leer, escribir, hablar, tejer y pintar, por cierto, como no dispongo de materiales he llegado a usar como lienzo el plato donde con caridad exquisita me sirven la comida, pero no se lo digan a mis hermanas, pues sabrán por qué se termina la vajilla. Pero lo que más disfruto, es sumergirme en meditación y oración profunda.
 
Justo estando en oración, decidí investigar un poco sobre la Unión de Enfermos Misioneros y me encontré con una gran familia donde no se desperdicia el dolor, ya que es un tesoro maravilloso que al unirlo a la pasión de Cristo, fructifica en bendiciones abundantes y contribuye a la salvación de las almas, encaminándolos por vía directa a amar a Jesús y a María y a hacerlos amar. Esto me ha fascinado.
 
Agradezco a la doctora Ana Laura Marines por haberme orientado oportunamente, así mismo, invito a cada lector que conozca algún enfermo, a encausarlo a esta gran familia, pues el amor y el dolor son dos fuerzas que llevadas con fe transforman. Hago esta invitación desde lo más profundo de mi corazón pues lo estoy padeciendo en carne propia, soy una más en la larga fila de los afectados, por eso me convierto en testigo y me dirijo en especial a aquellos a quienes el cáncer ha golpeado y a las personas que, sorprendidas y aturdidas, nos acompañan con su cálida cercanía.
 

“El que no vive para servir, no sirve para vivir”. Fotografía: Archivo personal de la hermana Argelia Esparza.

También es preciso confesarte que mi vida es ahora más agradecida, celebrada y comprometida, más serena, gozosa y en paz. Antes contaba demasiado con la fuerza protagonista de mis manos y ahora estoy por completo abandonada y confiada en las manos de Dios y en espera de la pascua.

 
Tal vez a tiempo comprendí que la vida es un preciado regalo y la acepto y la tomo, la reclino entre mis manos y la reparto generosamente, entro en el misterio donde se experimenta que todo es gracia. Ya no me preocupo por el mañana, me será dado lo que Dios quiera cada día, y disfruto enormemente los detalles cotidianos, abro la ventana, contemplo la magnolia, escucho el canto de los pajarillos y saludo cada día, con un grito sonoro diciendo: “Gracias Dios Padre amoroso, estoy viva”. ¡Vamos pues todos, arrastrados poderosamente por la corriente de infinita misericordia y ternura, rumbo al gran abrazo definitivo de amor que nos dará nuestro Padre!
 
Les abrazo y bendigo fraternalmente en Jesús y María
Dra. Argelia Esparza Flores, H.C.G.
 
P.D.: Gracias infinitas a los obispos, sacerdotes, seminaristas, hermanas, hermanos y tantas personas que me han brindado su afecto, oración y cariño. Dios les bendiga siempre. De igual forma, pido perdón a quienes, en el caminar, haya ofendido y agradezco a quienes aceptaron mi apoyo en algún momento. Espero haber dejado una pequeña semilla de amor a Dios y a la Santísima Virgen en algún corazón, con eso, me daría por satisfecha.
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