Sobreviven en medio del desierto

Brenda Delabra

 brenda.delabra@diocesisdesaltillo.org.mx

En un recorrido por ocho ejidos que pertenecen a Ocampo, nos acercamos a la realidad de las familias donde la fe se desmorona como la arena que se lleva el viento

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Primera parada para almorzar

Visitar territorio diocesano se ha convertido en una ardua labor para quienes atienden la región desierto de nuestra Diócesis, en dónde los matices de los pueblos van desde la marcada migración hasta la resignación de cumplir sus últimos días en el terruño que los vio nacer o bien donde el destino por medio del matrimonio los llevó, alejados de la comodidad de la ciudad.

En una corta gira de dos días, programada por las Hermanas Catequistas de Jesús Crucificado quienes atienden el municipio de Ocampo, Coahuila y ante la llegada de un nuevo párroco, el presbítero Héctor Raciel de León, planearon el viaje, primero para el sacerdote quien se dio el tiempo de conocer las necesidades, el modo de vida de quienes esperan les llegue una aportación que vaya más allá de lo espiritual.

La aventura comenzó un martes por la mañana, cuando el señor Saúl Garza y el padre Raciel llegaron a la parroquia Santa Catalina de Siena, ahí la madre Noemí  Caro Gómez, tenía ya todo listo, despensas, ropa, libros para el rezo de los 46 rosarios a la Virgen de Guadalupe, los víveres para el grupo de los cuatro misioneros y el café que no podía faltar.

Pronto los varones acomodaron todo en la caja de la camioneta y a las 8:00 horas tomamos el camino llamado el bordo con rumbo al primer destino, no sin antes encomendar la visita a Dios padre, dirigida por el sacerdote. La mañana fría y el olor a gobernadora fresca nos dio un respiro alentador, ante la maltrecha carretera de la cual quedan restos de asfalto.

Tras dos horas de recorrido se llegó el tiempo de parar, para estirar las piernas y echarnos un taco, mientras disfrutamos de los hermosos paisajes, nubes fantásticas que mostraron pinceladas en el cielo azul, el recreo terminó y subimos los cuatro a la camioneta, pues faltaban 60 minutos para llegar a Santa Elena. Para mantener el entusiasmo, la hermana Noemí conectó el USB a la bocina portátil y tras escuchar a Diego Torres, Alex Sintek, Mijares, Luis Fonsi y hasta Victor Iturbe “El Pirulí”, intercambiamos parte de nuestras infancias, historias de familia, pero el camino cada vez era más sinuoso, lo que provocó la ponchadura de la llanta trasera derecha, paramos; el resultado el neumático desecho, ¡antes la libramos!

La tarea fue para Saúl y el Padre Raciel, a lo lejos un hombre ya mayor que pasamos en la misma carretera un par de ocasiones, abordo de su motocicleta, resultó conocido del chofer y entonces paró su marcha para ayudar a levantar la llanta, para luego despedirse, pues llevaba el mismo destino que nosotros, la diferencia fue la salida; él partió a las 6:00 horas desde Cuatrociénegas lidiando con la terracería sobre su caballo de acero.

Un pueblo candelillero

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En la clínica de Santa Elena se hacen las visitas al no tener habitantes durante la semana

Tras asegurar el repuesto de la rueda retomamos el camino, a una velocidad más baja. Por fin llegamos a Santa Elena, donde la enfermera María de Jesús Monsiváis, nos recibió, ahí tenía una visitante, la señora María de Jesús acompañada de su hija Joselin de nueve años, ellas son nativas del pueblo pero viven en Cuatrociénegas para que la pequeña acuda a la escuela. Santa Elena está poblado por ocho familias, pero todas tienen actividad en el campo durante la semana, en particular los hombres que se dedican a cortar y procesar la candelilla, aquí la vida es ver pasar autos desde la clínica comunitaria, son pocos los que se atienden, la capilla está en ruinas, al igual que la escuela, no cuentan con los servicios básicos de agua, la luz es solar y que soñar con un teléfono, ahí definitivamente no hay señal. Por ello sólo pudo tenerse una plática con las únicas habitantes en ese momento, una celebración de la palabra y la promesa de volver en un mes por parte del presbítero Raciel de León.

Viven de la candelilla y el ganado   

Con el calor propio del desierto tomamos de nuevo carretera, el sol a plomo, una vista donde la inmensidad de la arena, llanos y montañas nos hicieron ver la extensión de la tierra, tiempo justo para hidratarse, comer botana, escuchar canciones de Juan Gabriel, nos hizo amena la hora 20 minutos de viaje. Así con los letreros ya marcados por el tiempo con 67 kilómetros para llegar a la Morita, nos topamos con los ejidos San Juan de la Cruz Borrego y El Huaje. La estampa; ruinas de adobe, algunas casas con color en la fachada, el caminar de la hermana Noemí, además de tocar las puertas para convocar a los pobladores no tuvo éxito, pues los hombres de San Juan andaban en las pruebas de ganado que hace la Secretaría de Salud. De ahí brincamos el terreno para El Huaje, donde el panorama no cambió, el plan de celebrar la Santa Misa quedó en eso, pues solamente doña Concepción Garay, su nuera Casimira Rodríguez y su pequeño Cristian Alejandro, recibieron a los misioneros.

Una plática breve pero sustanciosa. En El Huaje son pocas familias las que habitan, durante la semana las mujeres están solas, pues los hombres salen a trabajar al campo, a la candelilla o a quienes tienen la posibilidad criar ganado. La escuela no existe, aunque el rótulo despintado del CONAFE aún se distingue, los cuatro niños que ahí habitan, además de los cuatro jóvenes no tienen el derecho de la educación al no llegarles un maestro. La vida es el trabajo, ver el amanecer, comer, contemplar los atardeceres y esperar que llegue la noche, con ello las eventualidades, como la visita del cura, las hermanas o alguien que vaya con la intensión de hacer un donativo en especie como ropa o despensa.

Luego de escuchar la lectura del día, hacer reflexión y recibir la bendición del presbítero, a los tres pobladores no les quedó más que decir adiós, al terminar la visita.

Su fe depende de la ayuda

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El párroco frente a las fieles del ejido La Rosita

Con el sabor amargo de ver cómo se vive en el poblado, salimos rumbo a la Rosita, la hermana Noemí Caro mantuvo el entusiasmo, nos alentó al decir que conoceríamos la Catedral del Desierto, que en el próximo poblado si encontraríamos personas para celebrar la misa, porque ‘cada vez que llegamos se junta la gente’. Con la seguridad de que don Marcelo Plata nos recibiría entramos al rancho, Saúl accionó el claxon para avisar que las hermanas y el párroco los visitaban. Un saludo cordial, sonrisa que cambio su rostro, el Ministro Extraordinario de la Comunión, nos abrió la puerta, nos prestó la cocina para recalentar los tacos, mientras la hermana Noemí se encargó de abrir la iglesia y dar la primera campanada.

En lo que se llegó la tercera, el párroco llenó boletas de confirmación, preguntó entre las fieles qué documentos sacramentales tienen pendientes de recibir, para luego iniciar la Celebración Eucarística, en la que participaron tres varones, el resto mujeres, aún cuando fue más copiosa la asistencia al templo, no logró llenarse. Durante la charla con don Marcelo le dio un amplio panorama al padre Raciel, con una frase que raspa “Aquí la fe depende del tamaño de la despensa, vienen los hermanos del otro lado y la gente se transforma, vienen ustedes y participan en la misa. Yo les digo que por un apoyo o  despensa no deben de cambiar, porque si en verdad tuvieran firme su fe no lo harían”.

Don Marcelo dejó de celebrar porque se terminaron las hostias, no tiene misal vigente y  eso desanima a los fieles que con gran fervor acudieron al llamado, al ser una visita esperada para tomar la comunión. Al finalizar la misa se tuvo una plática sobre cuántos niños, niñas y jóvenes hay en el ejido con el objetivo de establecer un grupo de catequesis para que tomen los sacramentos, el obstáculo fue que alguna de las asistentes quisiera tomar la rienda para arrancar con el proyecto, al no ser posible para las Hermanas Catequistas de Jesús Crucificado ir cada ocho días a impartir los temas. Con el atardecer nos despedimos, ya cansados, resintiendo el calor, llevando un mejor sabor de boca que nos reanimó para seguir hacia el siguiente destino.

En la falda de Peña Blanca

Un cielo vibrante, lleno de matices, hierba alta, el fresco que sentimos en el rostro y respirar aire puro, nos relajó. La tarde fue oscureciendo, cayó la noche, el camino fue más difícil, las lluvias lo hicieron más bronco, así que el traqueteo estuvo bueno. Pasaron los minutos, el tiempo estimado de viaje de una hora se incrementó al desviarnos por un  camino, retomar el bueno, volver a ubicar si era el correcto, cobijados por la oscuridad de la noche y las estrellas. Pasamos cinco arroyos, al encontrar un ojo de agua en el desierto encontramos la señal correcta, ¡Peña Blanca estaba cerca!, dimos con el lugar, una casa donde los gritos de la hermana Noemí, no hicieron ni ladrar al perro.

Pero en lo alto una luz nos indicó el camino, ahí sorprendimos al matrimonio integrado por Elsa Contreras y Adrian Prieto, quienes nos recibieron con algarabía, una cena caliente a base de frijoles refritos, queso, salchicha y tortillas de harina, con un café, fueron un deleite, nos dieron posada para dormir, las mujeres en su casa, el padre Raciel y Saúl el chofer, en casa de doña María Carrasco y don Alfonso Prieto.

Exhaustos pero con la satisfacción de recabar impresiones, datos, situaciones, necesidades, nos fuimos a dormir para amanecer a las 7:00 con un cielo lleno aún de estrellas, el gallo cantó casi a las 8:00 pero eso no impidió que todos nos alistáramos para celebrar la Santa Misa en casa de los padres de Adrián, pues al ser ya adultos mayores con dificultad para caminar, nos trasladamos a su hogar. En una emotiva celebración, dimos gracias, ofrecimos nuestras intensiones y encomendamos a nuestros difuntos. Tras despedirnos volvimos a casa de Elsa y Adrián, quienes nos ofrecieron un delicioso almuerzo con huevo orgánico, papas, frijoles, tortillas de harina, pero sobre todo una gran calidez en su actuar, entusiasmo en sus palabras porque después de cinco meses recibieron al párroco de Ocampo. Se llegó la hora de partir, casi al mediodía.

Sin pena ni gloria

Ya con la experiencia de un día de viaje, seguimos el camino hacia El Álamo, de nuevo aparecieron los majestuosos paisajes en las montañas, hasta encontramos el arca de Noé… Llegamos al destino, anunciando de nuevo con el claxon la llegada, de nuevo la tarea de tocar puertas, invitar a misa, a conversar con el nuevo párroco. La respuesta tardó una hora, mientras en la cancha de la escuela abandonada entre la hermana Noemí y el padre Raciel acondicionaron un altar, sacaron sillas y esperaron pacientes. Se acercaron nueve pobladores, entre ellos el doctor del pueblo, la señora Guadalupe Hinojos del rancho La Monilla, perteneciente al municipio de Manuel Benavidez, Chihuahua, estaba de visita y aprovechó para participar en la Santa Misa, pues en su pueblo no llegan ni misioneros.

Ahí el principal interés de la población fue saber la fecha para bautizos, al tener cuatro criaturas sin el sacramento, pero la situación no es fácil, cuando los padrinos no están casados por la iglesia, viven en otro poblado o bien no tienen apego con la religión, pues depende de quién llegue a compartir la palabra de Dios, es dónde hacen acto de presencia. La desunión se percibe desde la llegada, cada uno en su casa, algunos salieron, otros no, al preguntar la hermana por algunos vecinos, nadie supo dar respuesta, en este ejido la indiferencia es una característica marcada, hay niños y jóvenes que no tienen educación, el maestro se fue hace años, hasta perdieron la cuenta, como dijo la señora María de Jesús Perches “Si no lo piden los padres, nosotros menos”, sus hijos crecieron, ahora viven y trabajan en Estados Unidos, ella es una de las pobladoras que siempre recibe al sacerdote y las religiosas.

Existe el nombre pero no el número de habitantes

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Unidad como familia e iglesia, fue el mensaje en La Salada

Con el ánimo a medias partimos al recorrido de los últimos kilómetros de terracería que conecta con la carretera que conduce a Múzquiz, en una hora y media llegamos a La Salada, poblado ubicado a un costado de la carretera cuyo señalamiento indica sólo el nombre, el número de pobladores se pintó de blanco… Sorprendente ver cuatro casas, el resto ruinas, entre ellas la Escuela Rural Federal Francisco I. Madero que hace 17 años cerró la puerta, el nombre apenas se alcanza a distinguir ante el paso del tiempo. De pronto tres niños salieron de una casa, con la inocencia propia de la edad, vestidos sencillos, descalzos, sus rostros iluminados por una sonrisa, pronto se acercaron a los misioneros para recordarnos que siempre hay alguien con necesidad de un abrazo, de recibir ayuda, despensa, ropa, calzado y a pesar de las carencias son felices en la inocencia de un mundo que cada día cobra más vidas, contamina el entorno, se muestra ajeno a las necesidades del prójimo.

La vida en La Salada es tranquilidad, jugar para Linda Estrella, Noel y Damián, tres de los siete hermanos, nietos de doña María Soltero. A diferencia de otros ejidos, ellos si tienen una pequeña capilla a donde acuden a orar, por ello participaron en la celebración de la palabra, luego el clérigo inició la procesión para bendecir los hogares, dejarles un momento de paz a los habitantes, además  de invitarlos a congregarse en la capilla a orar, a mantener la fe…

El viaje se agotaba, sólo nos restaba una parada más para volver a Ocampo. El camino a La Mora fue sin sobre saltos, pero al llegar a casa de doña Gloria, nos informó que no había gente en el pueblo, “Andan en Sabinas, fueron a Ciénegas”, la encargada de la llave del templo también estaba fuera, así que el llamado a misa no se hizo. En ese hogar se compartió el pan y la sal, caminando por las calles encontramos a Daniel, quien provee de fruta y verdura a los pobladores a bordo de su camioneta, tampoco tuvo suerte ese miércoles, “Está muy jodido, fío vengo cada miércoles pero me pagan la deuda anterior y me llevo otra, así es esto”.

Salir a tratar de evangelizar, conformar grupos de catequesis donde hay niñas y niños, señoritas y jóvenes es espinoso, al tener la falta de compromiso de los laicos por instruir o aprender, el pensar que las madres y sacerdotes son quienes deben realizar esta tarea, aquí la palabra misionero se recuerda cada Semana Santa, cuando llegan de Monterrey pero hoy en día el panorama para la región desierto de Coahuila no brilla ante la falta de arraigo a la fe, a las creencias en la religión porque es una realidad que el credo depende de la ayuda recibida, lo único en común en estos poblados es la luz solar, la comunicación por radio frecuencia, misma que están perdiendo porque Fuerza Coahuila les ha confiscado los radios, por ley no pueden utilizarlos…



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