San Juan de Amargos

Brenda Delabra

 brenda.delabra@diocesisdesaltillo.org.mx

Un pueblo que en el vivir le hace alarde a su nombre, ante el abandono del sistema, el crecimiento industrial y la migración de las nuevas generaciones

 

La antigua escuela del pueblo Foto: Brenda Delabra

El domingo 5 de febrero era día misa en el ejido San Juan de Amargos en el municipio de Ramos Arizpe, pero no se pudo realizar porque el techo de la capilla está en reparación, las puertas se mantuvieron cerradas mientras en el pueblo el silbido del viento fue lo único que hizo eco.

La vida en el ejido ubicado a aproximadamente 200 kilómetros de Saltillo, tiene dos caras, en la entrada el casco de lo que fue la escuela, sobre un costado de la carretera la estación del ferrocarril que funcionó durante años y ahora es la casa del burrito en el que don José Feliciano Guerrero Guzmán acarrea leña o alimentos para proveer a su esposa e hijas.

Si las líneas en el rostro de don Feliciano hablarán, se documentaría una vida en el campo a cielo abierto, con los beneficios de aquel entonces cuando contaban con una de las vías de transporte más importante; el ferrocarril, el paso de miles por el pueblo que tuvo una vida en abundancia en la siembra, pero la generación de este hombre de mirada triste está por extinguirse.

Su trabajo siempre fue en el campo, sus manos agrietadas, la pérdida del sentido del oído, es muestra de que los años lo han debilitado, ya no tiene la misma fuerza para sembrar, trabajar o cuidar ganado, pues apenas sobrevive con su esposa y dos hijas, a quienes aún mantiene y prácticamente es con quienes pasa los días, “Antes estaba lleno de gente el rancho, había muchas casitas, ya se murieron todos”, comentó.

Las hijas y esposa de don José a la orilla del camino que conduce hacia el pueblo a la espera de un rait Foto: Brenda Delabra

Mientras le daba de comer al burro en el que acarrea leña o se transporta, contó parte de la vida de lo que es la primera impresión de San Juan de Amargos, “Es donde estaba la escuela, esta es una bodega de un muchacho que está en el otro lado, aquí es la estación más vieja del ferrocarril, aquí trabajaban los rieleros, la estación estaba de aquel ladito, pero ya se acabó todo”, ahora en lo que queda de la estación duerme ‘el burrito’, así le dicen de cariño, al no ocurrírsele a la familia un nombre para el asno.

Al adentrarse a San Juan de Amargos, la tranquilidad viste la otra cara del pueblo, donde hay una escuela con apenas dos salones que se ven a lo lejos, casas de adobe, algunas con habitaciones de block, sin que se asome un alma. La calma del pueblo un domingo por la tarde es quizá una de las peculiaridades que se rompen cuando suena la campaña para llamar a misa, aunque ese domingo, estuvo alzada porque el templo no estaba en condiciones, al colocarle vigas y reparar el techo.

Don José Feliciano al caer la tarde le lleva de comer al burrito Foto: Brenda Delabra

Aquí los días dan un giro cuando llega Fray Moisés Lomelí Jauregui, presbítero de la Orden de San Agustín a celebrar la misa o bien los hermanos Cristianos quienes suelen dar ayuda a la comunidad, “Batallamos, a veces sale un trabajito, ya estoy reviejo; ya ni puede uno, a veces voy a los cortes de quipin, una chancita que vienen los hermanos de Monterrey y nos dan la ayudita, o nos dan chanza de limpiar un corral”, así es como sobrevive don José Feliciano quien no espera más que la llegada de sus hijos que residen en Ramos Arizpe o Monterrey aunque sea una vez al mes.

Es increíble que un pueblo situado a la orilla de la carretera que conduce a Paredón, donde está el destino de descanso y relajación en las aguas termales parezca un pueblo fantasma, en el que a los habitantes les falta impulso para promover la venta de productos hechos por ellos mismos, convertir la antigua escuela en un pequeño mercado que haga llegar a quienes transitan por la carretera, pues enfrente se encuentra Bodegas Capellanía, donde se producen vinos artesanales del viñedo propio, donde algunos habitantes de San Juan de Amargos trabajan, pero hay que hacer más por dignificar  a los pobladores, quienes añoran los tiempos de abundancia.

 

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