Retrato del Obispo Emérito Francisco  Villalobos Padilla

Por el P. José Guadalupe Tiscareño

En la toma de posesión como Obispo de la Diócesis de Saltillo en Catedral

Hasta la fecha, 11 de Abril de 1995, casi veinticuatro años llevo trabajando cerca del Sr. Obispo Francisco Villalobos; al principio él era sólo Obispo Auxiliar de Mons. Luis Guízar Barragán, de quien yo era secretario particular y Pro-Secretario de la Curia. Luego, desde Octubre de 1975, el Sr. Villalobos me recibió “en herencia”, al tomar él posesión de la Diócesis.

Son muy conocidas y legendarias las características personales del Sr. Obispo Villalobos: melindroso en la mesa, bromista en el trato, larguero en las homilías, y trasnochador en su horario.

El mismo se hace publicidad sobre estas “cualidades” con la idea de hacerse así más accesible a la gente: El día de su consagración, el banquete fue en el Casino de Saltillo. Le ofrecieron como platillo especial del día carne con salsa de nuez, ingrediente de los que él nunca prueba; él lo rechazó con estas palabras: “Muchas gracias, yo abomino la nuez”. Algunos años después, la persona que se lo había ofrecido, declaró estar “sentida” porque el Sr. Obispo le había dicho que su comida estaba abominable. Pero el Sr. Villalobos le aclaró que había dicho “yo abomino”, no que el platillo estuviera abominable.

SALUD FISICA:

Desde que llegó a la Diócesis, en Mayo de 1971, su figura física se nos antojó sencilla y frágil; delgado, de escasa salud, fumaba, y fuma por costumbre, y se enfermaba muy seguido, por largas semanas, de gripe; poco a poco la experiencia le ha enseñado cómo prevenir los enfriamientos y sus afecciones gripales se han vuelto más esporádicas. También padece hipotensión arterial (baja presión); fuera de eso, es sano y trabajador.

Recién llegado a Saltillo, vivió por la calle Ramos Arizpe, 271. Cuenta él mismo que, no queriendo tener oratorio en su casa, sino aprovechar la celebración diaria de la Eucaristía para tener contacto con la gente, se fijó una hora para celebrar en la Catedral.

Para evitar enfriamientos al salir del presbiterio hacia la sacristía, le había dado órdenes a la Hermana que cerrara las ventanas.

Cuando un día llegó a celebrar el Sr. Obispo Luis Guízar, vio con sorpresa que la Hermana cerraba las ventanas apresuradamente, y le reclamó: “No las cierre, Hermanita, deje que entre el aire”.

“Es que el Sr. Villalobos, respondió la Hermana justificándose, nos dijo que cuando él viniera las cerráramos para no resfriarse.

“Bueno, -replicó el Sr. Guízar, 26 años mayor-, es que el Sr. Villalobos está viejito, yo no”.

Un factor muy importante de su salud es su dieta alimenticia. Sus hábitos gastronómicos son muy especiales; su dieta muy sencilla. Lo que no le gusta coincide literalmente con lo que le hace daño, de manera que no hay poder humano que lo obligue a probar lo que él dice que no le gusta. Cuando en las reuniones no hay algo de comer que se ajuste a su dieta, dice que vive de amor, toma algunas uvas, o un plátano, y se levanta a servir a los demás.

Excepto jamón, nunca acepta, ni probar: carnes frías, ni carne molida, como picadillo, albóndigas, pastel de carne, hamburguesa, birria, barbacoa, pozole, menudo, etc.; de los vegetales o verduras no prueba: cebolla, ajo, chile, rábanos, pepino, nabo, apio, coliflor, repollo, ni hierbas olorosas como: perejil, orégano, tomillo, cilantro, laurel, o cualquiera otra; tampoco nuez, coco, almendras, cacahuates, piñones, pepitas ni ajonjolí, de ningún mole; y de entre las frutas no le gustan la guayaba, sandía, melón, jícama, granada…; de los dulces, no le ofrezcan chocolates.

En cambio no perdona, ni un solo día, un jugo de limón; y le agrada mucho, si le ofrecen, aguacate, lechuga, tomate, crema, queso, y una copita de tequila, o de mezcal, o de brandy o de cognac, o una cerveza, o medio vaso de vino, pero nunca de whisky ni de vodka. Igualmente, de entre las carnes, prefiere el pollo.

Al notar tantas restricciones en la dieta del Sr. Obispo, una señora de Lamadrid, Coah., le dijo con franqueza y candidez: “¡Qué grande es la Providencia, Sr. Obispo!” “Sí, señora, ¡Qué grande es la Providencia!, Pero ¿por qué lo dice?” “¡Qué bueno que Ud. no se casó, porque si no, pobre mujer!”

SU TRATO BROMISTA:

Celebrando en el Santo Cristo de la Capilla

Celebrando en el Santo Cristo de la CapillaEl Sr. Obispo intenta ser siempre más que un padre, un amigo de todos, sacerdotes, religiosas, seglares. Los trata con humor fraterno, y con respeto, cuando las personas son reservadas. No se distingue por sus actitudes paternalistas, sino fraternas y amistosas. A nadie llama “hijo” o “hija”, por más pequeños que sean. A todo mundo le tiende las manos, lo abraza y  permite que lo besen en la mejilla, pero a los niños los llama “compadre”, “compadrito”, y a las niñas, “comadre”, “comadrita”.

Toda la gente se queda impresionada por el espíritu bromista y jovial del Sr. Obispo. A los niños, al saludarlos, les sacude con fuerza las manos; al abrazarlos, sin inclinarse, abraza el vacío, como imaginándoselos más altos; a los jóvenes fornidos les da fuertes palmadas en la espalda diciendo que hay que aprovechar; a las damitas, con discreción, les propina “coscorrones episcopales”.

A todas partes llega saludando y preguntando: “¿Cómo se han portado?”, “¿Cómo están,.. del genio?” A las cocineras les da siempre las gracias y les dice: “De repente se lucen”. Y, al despedirse, sus buenos deseos son: “Consérvense en escabeche”.

Sin embargo, no todos disfrutan a gusto de estos granos de sal sobre su persona. Un viejo sacerdote extranjero, que trabajó varios años en esta Diócesis, y muy querido de todos, se quejó conmigo de que no le gustaba que el Sr. Obispo le dijera que tenía una “CONASUPO” en su barriga. Se lo comenté al Sr. Obispo, y me respondió: “Qué bueno que me lo dices, ya no se lo volveré a decir”.

SU ESTILO EN LA PREDICACION:

Es larguero en las homilías. Lo reconoce con sentido de buen humor. No han faltado personas que confiesan que, si al entrar a Misa se dan cuenta que el Sr. Obispo es el celebrante, dan media vuelta y se van a otra iglesia. Pero son muy pocas. De hecho la Catedral se llena para la Misa de una de la tarde, los domingos.

Si alguien le va a pedir un consejo, antes de dárselo, dicen quienes lo conocen, “le recuerda primero toda la historia de la salvación”.

Sus homilías duran al menos veinte minutos, a veces treinta o más. Cuando dura sólo quince, se puede decir que fue “breve”.

Su estilo es siempre conceptual y abstracto; pero con los niños y con la gente sencilla se adapta con palabras más conocidas y populares.

No le gusta ver televisión. Las noticias las lee en el periódico del día. Sí, del día, aunque sean ya las once o doce de la noche. Hubo que cancelar una suscripción gratuita cortesía de “Excelsior”, porque llegaba al día siguiente.

SU HORARIO DE TRABAJO:

Monseñor Villalobos no tiene un horario estricto para atender a las personas. Desde que llega a su oficina, hacia las diez de la mañana, puede quedarse hasta las dos, dos y media, tres de la tarde, hasta que despide a la última persona que lo espera. Lo mismo atiende al pobre que al rico. Pero si alguien va a pedirle dinero, para no ser sorprendido ni derrochar sin control, lo remite a “Cáritas” de su parroquia, a no ser que pueda satisfacerlo con un donativo pequeño.

Por las tardes no suele ir a la oficina. Recibe y atiende en su casa, para dar oportunidad a quienes desean verlo “con más discreción”.

Junto al Papa Juan Pablo II en una visita al Vaticano

Cuando un sacerdote, o cualquier otra persona, quiere platicar con él, lo recibe cuanto antes sea posible. Es conocido de todos que el Sr. Obispo se retira a descansar ya muy tarde, incluso después de media noche. No faltan, con frecuencia, “Nicodemos” que vienen a visitarlo a altas horas, a contarle sus problemas, a recibir sus consejos, o simplemente a compartir sus insomnios, o incluso su frugal mesa en la cena.

Así como no tiene horario estricto para dejar la oficina, o para atender a las personas, tampoco tiene un día de descanso a la semana. Solamente dos veces al año, por Navidad y por Pascua, se toma una semana para irse a descansar a casa de sus familiares, en Guadalajara, y en el mar.

Como responsable, o “patrón”, es sumamente condescendiente con las incapacidades o limitaciones de sus súbditos; pero necesita darse cuenta de ellas, pues, de otro modo, no siente la necesidad de moderarse en la cantidad de órdenes, encargos, comisiones que le encomienda a una persona. Si un sacerdote que se muestra capaz nunca le dice “no puedo, porque ya estoy muy cargado de asuntos y compromisos”, él seguirá encomendándole asuntos y compromisos, y tal vez pensando que todo se cumple, hasta que se descubra que no todo se llevó a cabo como debía.

“Praetor non curat de minimis”. Este adagio latino que traducido al pie de la letra significa:” El gobernante no se ocupa de los detalles”, lo aplica muchas veces el Sr. Obispo en sus actuaciones. El da órdenes generales, establece principios teóricos, pero muchas veces deja a sus subordinados la responsabilidad no sólo de llevarlos a cabo, sino de elegir la manera de hacerlo.

Por eso, ha sido de gran ayuda para él tener colaboradores capaces y responsables; aunque también a veces se ha tenido que llevar sorpresas inesperadas y desagradables. Por eso, si algún asunto no llega o tarda en llegar a feliz término, se debe, casi siempre, no tanto a la falta de capacidad de sus colaboradores, sino al número insuficiente de personal.

SUS ORIGENES:

Celebración del L Aniversario de Oración Nocturna Mexicana en agosto de 1973

No siempre ha sido Obispo. No siempre vivió en Saltillo. La tradición cuenta -tradición transmitida por él mismo-, que nació en Guadalajara, Jal., un 1º de Febrero de 1921. Sus padres, Don Carlos Villalobos y Doña María del Refugio Padilla de Villalobos, originarios ambos de Encarnación de Díaz, (La Chona), Jal.

Estudió la Primaria y la Secundaria en el Colegio de los Hermanos Maristas, y la Preparatoria en el Instituto de Ciencias, de los Padres Jesuitas.

Entró al seminario a los 18 años de edad, en 1938. Eran todavía los tiempos de Lázaro Cárdenas, cuando se intentó imponer la educación atea y socialista. El Seminario no tenía una sede fija. Los alumnos vivían en su propia casa y recibían las clases en los anexos de los templos. Al salir de clase, lo hacían en grupos mínimos, de dos o tres, y no al mismo tiempo, para no despertar  sospechas. Los de fuera, eran acomodados en casas de familias de buena voluntad.

A partir de 1941, con el ascenso del General Manuel Avila Camacho al poder, la situación cambió notablemente. El Seminario de Guadalajara pudo asentarse, por lo pronto, en el anexo del Templo de San Martín, y de San José de Analco.

Antes de terminar los estudios de Teología, el joven Francisco Raúl Villalobos fue escogido para perfeccionar sus estudios en Roma, a donde se trasladó en 1947. Entre sus compañeros de viaje y de estudios, se cuentan varios que luego llegaron también a empuñar un báculo pastoral: Mons. Rafael

García González, (q.e.p.d.),  Obispo sucesivamente, Auxiliar de Guadalajara, de Tabasco, y de León; Mons. José Esaúl Robles Jiménez, (q.e.p.d.), Obispo primero de Tulancingo, y luego de Zamora; Mons. Samuel Ruiz García, Obispo de Chiapas, y luego, al ser dividida esta diócesis, de San Cristóbal de las Casas.

El dos de Abril de 1949, Jubileo de Oro Sacerdotal del Papa Pío XII, la Capilla del Colegio Pío Latinoamericano se vistió de gala por la ordenación sacerdotal del P. Francisco Villalobos y los demás compañeros mencionados. Recibieron el presbiterado por la imposición de las manos y la oración de Mons. Alfredo Viola, Obispo de Salto, Uruguay.

Durante su episcopado las visitas a ejidos y convivencia con niños era algo que disfrutaba Mons. Villalobos.

Ese mismo día fueron ordenados, en Saltillo, otros sacerdotes de esta Diócesis que, por haber estudiado en Guadalajara, eran también sus compañeros de Seminario: los PP. Urbano García Campa, Jesús Fermín, Abundio López Soto, y Moisés Valdés Berlanga.

Su prelado, el Sr. Arzobispo D. José Garibi Rivera, le pidió al P. Villalobos que se especializara en Historia de la Iglesia. El joven sacerdote emprende con calma la aventura de recorrer los anales de la historia del Reino de Dios en la tierra, pero, con respeto y claridad, expone a su prelado que no se siente con fuerzas para la investigación personal; no tiene pulmones para sumergirse en el polvo de los archivos; no pretende llegar a las profundidades del Doctorado.

Así las cosas, regresa a la Patria en el verano de 1952, pasando por Irlanda, a visitar a su hermana Dolores, religiosa de la Sociedad de María Reparadora. Antes se detuvo también en Bélgica, para un intento de especialización en Liturgia; y en España, donde conoció a una familia en Barcelona con la que desde entonces ha mantenido lazos de amistad indisoluble.

Su padre, D. Carlos, lo conoció sacerdote un año. El Padre Villalobos es miembro de una familia de clase media, con tradición de vida cristiana. Fueron  trece hermanos y hermanas, aunque cuatro murieron pequeños y sólo nueve llegaron a convivir. Cuatro de ellos consagrados en la vida sacerdotal y religiosa: María Dolores, Religiosa Reparadora, Jorge, sacerdote jesuita, y Carlos, Hermano Marista. Los demás, Uriel, Sergio, María Elena, Carmen Lucía, y Cristina.

En el Seminario, además de ser maestro de varias disciplinas, como Historia de la Iglesia, Francés, Geografía, escaló los grados de la jerarquía pasando por: Prefecto de Teólogos, Encargado de Vocaciones Adultas, Vice-Rector, y Rector.

VOCACION DE OBISPO:

Según la tradición de varias décadas, los Rectores del Seminario de Guadalajara recibían la mitra, uno sí y otro no. De acuerdo con esta tradición, llegó a Obispo de Colima el Sr. Ignacio de Alba Hernández; no fue Obispo el Sr. Salvador Rodríguez; luego fue Obispo el Sr. José Salazar -después Cardenal de Guadalajara-, y no tuvo mitra el Sr. Jesús Becerra; después vino el turno del P. Francisco Villalobos. Recibió la mitra.

Hay que notar que la tradición se rompió luego, porque su sucesor fue Obispo de Cd. Juárez, y ahora es Cardenal de Guadalajara; y el siguiente sucesor en la Rectoría, José Guadalupe Martín Rábago, es también Obispo Auxiliar de Guadalajara.

Al P. Villalobos lo preconizaron Obispo Titular de Columnata y Auxiliar de Saltillo, el 3 de Mayo de 1971. Aunque consciente de la tradición mencionada, esperaba que a él no le tocara, y su nombramiento lo tomó por sorpresa. Cuando el Sr. Arzobispo José Salazar le avisó, él se trató de excusar alegando: “No soy teólogo”; “yo tampoco”, le respondía el Sr. Salazar. “No sé Derecho Canónico”; “yo tampoco”, rebatía el Sr. Arzobispo. “No tengo don de mando”; y a esto el Sr. Salazar ya no respondió nada.

Tuvo pues, que ir a la Delegación Apostólica, y dar el sí. Al regresar, agobiado por el “secreto pontificio”, no llegó directamente al Seminario, sino a su capellanía, donde antes que nada pidió un té y un analgésico, y se retiró a descansar.

Siempre fue cercano a los niños, con quienes compartió momentos de esparcimiento en el campo o la ciudad, porque eran sus ‘compadritos’ y ‘comadritas’.

Después de serenarse y celebrar la Santa Misa, se fue a refugiar en Tapalpa, donde está el Curso Introductorio. Le avisó al P. Sandoval, prefecto de esa sección del Seminario y allí organizó un paseo a Atemajac de Brizuela, procurando hacerse acompañar de alumnos de todas las diócesis. A la hora de preguntarles de dónde era cada uno, no estaban los de Saltillo. Los mandó llamar; eran dos, Fernando Turrubiarte y Juan Andrés Dávila. En el camino, cuando quería platicar con ellos, o no le hacían caso, o le hacían preguntas indiscretas. “¿Qué novedades hay en Saltillo?” les preguntó disimulando su especial interés. “Pues ahora estamos esperando un Obispo Auxiliar. No me diga que es Ud”, respondió el seminarista Juan Andrés, con malicia. Y el P. Villalobos, Obispo electo todavía atado por el secreto, replicó sorprendido: “Uds. nada más piensan en cosas extravagantes” y  cambió de giro a la conversación.

El escudo “de armas” del Sr. Obispo Villalobos muestra un báculo en forma de cruz, rodeando la intersección una guía de parra, de la que cuelgan hacia dentro, alternadamente, dos racimos de uvas y dos hojas o pámpanos. Al pie del báculo la leyenda “IN VINEAM DOMINI”, es decir (Enviado) “a la Viña del Señor”. El báculo y la cruz es Cristo, con quien se identifica el Obispo, de quien brotan las hojas y los frutos, que son la Iglesia.

Sin embargo, comenta que le parece muy apropiado el lema que proponía un famoso Obispo de los años cincuentas, Mons. José del Valle, Obispo de Tabasco, a otro recién nombrado, que le pedía consejo: “El corazón a Dios, ojo al peso, y lomo tieso.” El corazón a Dios, es decir, hay que hacerlo todo por Dios; si no,

ya valió…; Ojo al peso, que no te hagan tonto con el dinero; y lomo tieso, es decir, aguantar vara, hacerse fuerte y soportarlo todo, hasta las maledicencias.

Otros rasgos muy destacados de la personalidad del Sr. Villalobos son su inclinación por la lectura. Su biblioteca es abundantísima. De Guadalajara no se trajo todos sus libros, pero los que tiene aquí son como diez mil volúmenes. Ya desde joven, todos sus ahorros los gastaba en comprar libros.

Su papá le reprochaba su falta de dedicación a las cuestiones técnicas, y le decía: “con lectura de libros y de cuentos no vas a llegar a ser nadie en la vida”. En cambio su hermano Jorge, jesuita, llegó a ser fundador del ITESO, y se destacaba por su conocimiento de la Física, la Química y la Electrónica.

El cariño de la feligresía se manifiesta a su paso por las calles del centro histórico y en el atrio de Catedral

Naturalmente se distingue también por sus sentimientos y educación humanística. Cuando recibió la Diócesis, en Octubre de 1975, yo era Canciller, y secretario particular del Sr. Obispo Luis Guízar. Sentí una especie como de conflicto entre los dos cargos, y le pregunté al Sr. Villalobos si podría seguir sirviendo al Sr. Guízar como secretario particular. “Claro que sí”, me dijo. “No hay ningún problema. Todo lo que se le ofrezca, si tú puedes ayudarle, puedes hacerlo.”

Cuando el Sr. Guízar tenía que viajar, normalmente lo hacía en carro, y manejando él personalmente. Sin embargo, en los últimos años permitía que yo lo acompañara y manejara su automóvil.

En Marzo de 1974, el Sr. Guízar fue invitado a participar como co-consagrante del primer Obispo Prelado de Chetumal, Mons. Jorge Bernal Vargas, L. C. La ceremonia sería el 19 de Marzo, pero había un conflicto, pues para ese mismo día el Sr. Guízar (todavía en el cargo de Pastor de la Diócesis), estaba invitado a celebrar la fiesta patronal en San José de Amargos, un rancho del Municipio de Ramos Arizpe. Lo comentó con su Auxiliar, Mons. Villalobos, y éste le contestó inmediatamente: “Bueno, Monseñor, y ¿para qué tiene Auxiliar?”. Nos fuimos pues tranquilamente a Chetumal, no por carretera, y el Señor Villalobos presidió la celebración en San José de Amargos.

El Sr. Obispo no rehusa, si su agenda se lo permite, celebrar la Santa Misa para un matrimonio, una graduación, un aniversario. Lo mismo sale a bendecir un local que se inaugura, que a visitar y auxiliar un enfermo en el hospital o en domicilio particular, o a celebrar un responso en la capilla funeraria.

En 1977, Mons. Guízar consintió en irse unas semanas al mar, en Manzanillo, Col. Era Enero, los días de pleno invierno en Saltillo. Una ida a lugares de clima tropical se apetecía hondamente. El P. Almaraz tuvo la suerte de ser designado para que lo acompañara diez días en la playa; pero luego se vino, porque era párroco y la cuaresma estaba a las puertas.

El Sr. Villalobos me mandó a mí para suplirlo. Fueron dos semanas de distensión, y de oportunidad de conocer lugares nuevos como Melaque, Zihuatlán, La Manzanilla, Las Hadas, Manzanillo, la sierra de Mazamitla, y después, volver a ver Zamora, Mich.

LOGROS PASTORALES:

Cáritas de Saltillo, organizado en 1987, ha alcanzado notable desarrollo y eficiencia en la ciudad de Saltillo, y se ha ramificado a otras ciudades importantes de la Diócesis, como Frontera, Monclova y Piedras Negras.

También, desde un principio, el Sr. Obispo puso mucho empeño en organizar el SEDEC, en toda la Diócesis y en cada Vicaría, de tal modo que el funcionamiento de este organismo es eficiente y ha servido de modelo a otras diócesis.

El Seminario Diocesano, con el apoyo de una constante pastoral vocacional a cargo de los padres: Jesús María Pérez, Plácido Castro, José Guadalupe Ramírez (q.e.p.d.), Arturo Alvarez, Víctor Hugo Ballesteros, Marco Antonio Guzmán, y nuevamente Arturo Alvares, ha llegado a tener hasta 110 alumnos en el Menor; incluso se abrió un Seminario Auxiliar en Piedras Negras, para facilidad de los jóvenes con inquietud sacerdotal originarios de las regiones Carbonífera y Fronteriza.

Sin contar una media docena de sacerdotes religiosos, el Sr. Obispo ha impuesto las manos para el presbiterado a cincuenta y ocho hermanos para el servicio de la Diócesis. De estos ya uno ha pasado a mejor vida: el P. José Guadalupe Ramírez (Coque), y cuatro han optado por otra vida.

LOS NACIMIENTOS EN SU CASA:

No importa si va atrasado o a tiempo, siempre hace un alto para saludar y bendecir

Cada año, al final del Adviento, el Sr. Obispo Villalobos sufre dolores y tensiones de “alumbramiento”. Su obra, su “parto” de cada año, la representación plástica del nacimiento de Cristo. Reducido por las limitaciones de espacio, recursos materiales y tiempo, surge el cuadro polícromo y armonioso donde el Padre Celestial mira complacido a la Santísima Virgen María y al Niño en sus brazos. Pero alrededor de este núcleo central e inevitable, irradian las ideas cambiantes, diferentes cada año, conformes a un tema de alcance eclesial o internacional, como la “óptica” de cada Evangelio, los 500 años de evangelización en América, o el Año Internacional de la Familia, o “idem” de la Mujer.

Estas ideas, el Sr. Obispo las plasma a través de dibujos, carteles, letreros, figuritas de barro o de metal, que, en su conjunto, se relacionan gracias a la palabra paciente y pulida con que el Sr. Obispo explica a sus visitantes el nexo existente entre ese tema y el nacimiento del Señor.

OTEANDO EL FUTURO:

Desde hace unos seis años el Sr. Obispo dijo que le quedaba solamente un “sexenio”. Esta idea no tiene recato en dejarla traslucir. Para él, la autoridad es verdadero servicio, no ambición de grandeza o tesoro al que se apega el corazón.

A los seminaristas de más reciente ingreso, les ha dicho: “Ya no me tocará imponerles las manos”. Ya hizo que la Diócesis adquiriera otra casa para el sucesor, con la esperanza de que a él se le permita seguir habitando la que ocupa. “Espero, dice, que mi sucesor sea conmigo tan benévolo como lo fui yo con Monseñor Guízar”. Se diría que espera con ansias el día en que el Santo Padre le acepte la renuncia.

Para Monseñor Villalobos oficiar la misa diariamente lo mantiene en pie

Sin embargo ha tenido que aceptar el inicio del Seminario Mayor; con el Curso Introductorio desde hace cuatro años y, últimamente con el Curso de Filosofía que, según el proyecto, deberá ir creciendo cada año, hasta cubrir todo el ciclo filosófico-teológico, de manera que el Seminario ya no dependa sino “per accidens”, de los seminarios de otras diócesis.

Repetidas veces se le ha insinuado y propuesto que conviene dividir la Diócesis, haciendo otra con sede en Piedras Negras. Esta inquietud ha alcanzado incluso dimensiones nacionales. Él toma las insinuaciones en broma; pero cuando lo trata con seriedad, argumenta que no hay suficientes sacerdotes para que a cada una le toquen los necesarios para atender el Seminario, la Curia, las Comisiones Diocesanas y, además, las parroquias.

Esbozos de esta futura división podrían verse en la instalación de un Seminario Auxiliar en Piedras Negras, desde 1989, y la costumbre iniciada hace ya más de cinco años, de celebrar la Misa de Oleos (el Martes Santo), también en Piedras Negras, para luego venirse, literalmente “volando”, a celebrarla en Saltillo, al día siguiente.

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