Presa de la enfermedad

Brenda Delabra

 brenda.delabra@diocesisdesaltillo.org.mx

Desde hace cinco doña María perdió la alegría de caminar, convivir con sus vecinos, asistir a sus actividades de trabajo, clases de corte y confección, lo más importante la libertad

Con su nieta más traviesa, misma que le ha enseñado a ser paciente. Foto: Brenda Delabra

Sentada en una silla alta, con una cobija sobre las piernas, una almohada le da mayor comodidad a su espalda, mientras unas pantuflas cubren sus pies, mientras observa desde la sala los movimientos de sus 10 nietos, a quienes cuida a diario, le ayudan a fortalecer su espíritu, aunque termine el día cansada.

Así son los días de doña María Pureza Luna Rincón, quien padece desde hace 18 años artritis reumatoide general, al inicio de la enfermedad se trató con un naturista, pero al no sentir cambio en  la rodilla izquierda empezó a buscar alternativas para atenderse pues nadie le daba un diagnóstico certero sobre el padecimiento, así duró 10 años, tomando tratamientos naturales, medicamento alópata, el cual mermó la salud con inflamación, infección en el riñón y al paso del tiempo degeneró el sistema óseo, al soldarse las articulaciones.

“Yo sentía que la enfermedad iba progresando, yo no tenía ninguna mejoría, al contrario con las vacunas me las recetaban para un mes pero para los 15 días o para las 3 semanas se me terminaban. Tuve que buscar otros medicamentos y así anduve durante 10 años, hasta que me recomendaron al homeópata Raúl Toledo Gil, “No me quería atender muy bien y me dijo que en nombre de Cristo Jesús me iba a ayudar a ver qué podía hacer, esas palabras me dieron aliento y a partir de ahí me trata la enfermedad”.

El avance de la enfermedad ocasionó que doña Purita, como le dicen de cariño, perdiera la movilidad de sus extremidades al punto de no comer sola, dejar de caminar, pues los dolores en las manos, piernas y además la deformación de los huesos provocó que dejara de ser la mujer activa que su familia, amigos y vecinos conocían.

Tiene seis hijas sólo una es soltera, las demás ya tuvieron descendencia, la decena de nietos, que van de los 15 a un año, pasan prácticamente todo el día con ella, por las mañanas llegan los más pequeños, ya con su comida preparada, los que asisten a la escuela se incorporan después de clase, y desde esa incómoda silla situada en la sala con vista a la cocina y las recamaras, desde ahí Purita les dice cómo calentar la comida, hacer tarea, preparar el biberón para el bebé, sus nietos son una fuerza que la mantiene con vida, con deseos de recuperarse porque si hay algo que le duele es precisamente el estar encerrada en su hogar.

Parte de los nietos que cuida a pesar de no poder moverse, los dirige, orienta y está muy al pendiente de las necesidades de cada uno. Foto: Brenda Delabra

“No me queda de otra más que la única esperanza, confiar en el señor. El encierro me desespera porque no quiero estar encerrada, yo antes era activa, me gustaba andar haciendo una cosa y otra, era muy libre pero llegó la enfermedad y acabó con toda mi libertad”.

En este acompañamiento de sus nietos a diario, los fines de semana sus hijas procuran llevarla a misa a pasear en la ciudad, lo cual la llena de fortaleza, al igual que contemplar el sol y la luna por la ventana de la sala o su habitación, pues a raíz de la perdida de movilidad, Purita decidió no poner cortinas en su casa para disfrutar de la naturaleza, al ser la única forma de contemplarla, desde la ventana.

Su confianza en Dios es grande, la cual se ha alimentado de las visitas de los padres, las hermanas integrantes de la Unión de Enfermos Misioneros, que la visitan continuamente para platicar, orar, escuchar la palabra y convivir porque ellas son parte de la familia.

 

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