Pasta de Conchos, a 11 años

Diego Sarabia

Prensa Universitaria MX

Empezó una lucha: la de las viudas. La de Cristina Auerbach, y hoy, la de Esmeralda Saldaña, la de los pueblos de Nueva Rosita, de Sabinas, de La Florida, de Palau, de Cloete

El 19 de febrero de 2006, una explosión dejó inconclusas las historias de 65 personas.

En distintas ocasiones fui invitado a escribir en la Prensa Universitaria. Preguntaba si había temas intocables, si los eufemismos serían necesarios, si habría censura. A todo se me respondió que no (y así espero sea). Aún así, sabía que los lectores y redactores son jóvenes universitarios en su mayoría, lo que, bajo ciertas condiciones culturales e idiosincráticas de la época y el entorno, remiten potencialmente a los temas que aquí se tratan, al menos, a la posibilidad de vulgarización y/o banalización. Hoy, sin embargo, decidí arriesgarme, toda vez que no encontré en ningún periódico algo alusivo al 11° Aniversario de la enorme pena que significó la tragedia de Pasta de Conchos –considerando que no ha acabado el día– para miles de personas alrededor del mundo.

El 19 de febrero de 2006, una explosión dejó inconclusas las historias de 65 personas. Mineros que ganaban de 547 a 800 pesos por seis días de trabajo, en deleznables condiciones laborales (como lo confirmaron la Comisión Nacional de Derechos Humanos y la Organización Internacional del Trabajo, entre otros), y que únicamente perseguían el pan para sus hijos (y, desde luego, la caguama del domingo).

Las esposas de los mineros pasaban los días escuchando una estación en la radio, donde se avisaba en qué lugares de la región carbonífera habían perecido trabajadores. Asumían, diariamente, que sus esposos podían no regresar nunca más.

Se desató un circo mediático: Fox (entonces Presidente) pedía a Dios un milagro (y no cuentas a Germán Larrea); Moreira (entonces Gobernador de Coahuila) se condolía mientras comían sopas Maruchan; Napito (entonces dirigente del Sindicato Nacional Minero) salía a reivindicar una investigación independiente, pues al trabajo hasta el momento le había “faltado transparencia”; y, de Quevedo (entonces presidente del grupo empresarial Minera México) nos daba, con todo su pesar, las malas noticias: los mineros no solo estaban muertos, sino, calcinados, lo que haría sumamente difícil que encontrásemos los cuerpos (¿suena familiar?).

Empezó una lucha: la de las viudas. La de Cristina Auerbach, y hoy, la de Esmeralda Saldaña, la de los pueblos de Nueva Rosita, de Sabinas, de La Florida, de Palau, de Cloete… Lucha que ha sido difamada (las viudas nada más querían salir en la tele), y asediada constantemente.

Ya con lo dicho hasta aquí, dirán algunos ¿y a mí, qué?. ¡Chairo!, espetó la derecha más ignorante. Se entiende, pero, seamos objetivos: de la región carbonífera surge el 10% del abastecimiento eléctrico del país, nada más de entrada. De allí se sostiene buena parte de Altos Hornos de México (AHMSA), Materiales Industrializados S. A. de C. V. (MINSA) y Minería y Energía del Noroeste (MISMO), grandes generadoras de empleo –con salarios míseros, claro– (y de otras cosas menos pulcras [recuérdese El Refugio II, por ejemplo http://www.jornada.unam.mx/2005/02/25/index.php?section=sociedad&article=048n1soc ]). Seamos aún más objetivos: para 2013, la producción minera se exacerbó en más de 550%, mientras el empleo que genera solamente lo hizo en 12% (Fundar Centro de Análisis e Investigación); el Estado cobra a las mineras por hectárea, y no por unidades extraídas; adicionalmente, lo más barato es utilizar cianuro, mercurio, u otras sustancias nocivas para separar los metales de la tierra (–de la Tierra–).

Así pues, la importancia de remembrar Pasta de Conchos, es el símbolo que constituye. En realidad, son 150 años de explotación y de deterioro ambiental. En realidad, la lucha de las viudas es la misma de Sí a la Vida (contra el basurero tóxico en General Cepeda), la de los indígenas contra las hidroeléctricas en Oaxaca, contra el nuevo aeropuerto en la Ciudad de México, la de Baja California contra Constellation Brands, la de toda la clase trabajadora contra el gasolinazo del primero de enero, y así podría continuar algunas cuartillas. Hay (al menos) una constante: la concertación descarada entre política y capital (en primera instancia). En realidad, la lucha es por lo que se sabe justo, y, viene a ser la lucha que demanda –por lo menos– nuestro siglo.

Existen dos leyes esenciales, que gobiernan todos los fenómenos: la lucha por la vida y el sacrificio, mutuamente inmanentes, y naturalmente inapelables. En aquéllos días, lo políticamente idóneo era no dar nunca con los cuerpos. Hoy significa una lucha a perpetuidad. En aquéllos días, el dolor asoló a 65 familias. Hoy es su fortaleza. El camino de trabajo de aquéllos hombres, se convirtió en el camino de lucha de sus mujeres.

Si la sociedad es un cuerpo todo, entonces, de una afección en alguna de sus partes, al tiempo, habrá habido afecciones en todas las demás. ¿Cuál es la parte en la que nos situamos nosotros? Al menos, inexorablemente y si hacemos abstracción, nuestros móviles y laptops, nuestras lámparas, nuestras luces, el tostador, la licuadora, la estufa incluso, funcionan con sudor –y sangre en su caso– humano. Pero, sino, recordemos el poema de Brecht (o ya no sé): llegaron las ferrocarrileras, pero como yo no era ferrocarrilero no dije nada; llegaron las mineras, pero como yo no era minero no dije nada; llegaron las petroleras, pero como yo no era petrolero no dije nada; llegará el neoesclavismo, pero, no habrá nadie para decir nada.

Apaga la luz. Desconecta el cargador. Ten sentido de justicia.

Consejero universitario UadeC

 

Texto tomado de : https://prensauniversitaria.mx/2017/02/20/pasta-de-conchos-a-11-anos/

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