Hombre de trabajo y espiritualidad  

Pastoral de la Comunicación

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16 de mayo de 2018

Con 20 años en el ministerio sacerdotal el padre Ignacio Flores da testimonio de unidad

En una visita a San Juan de los Lagos. Cortesía familia Flores Ramos

Hijo de Feliciano Flores Villanueva y María del Refugio Ramos, el 2 de julio de 1970 nació el segundo de cuatro hermanos; José Ignacio Flores Ramos, quien tuvo una infancia de contrastes, al crecer con todas las enfermedades propias de la edad de las que salió adelante, para luego comprometerse con su familia a quien ayudó económicamente desde los ocho años, pues con un carrito de paletas o chicharrón durito empezó a llevar parte del sustento a su hogar.

Recuerda sus primeros 14 años de vida en la colonia Provivienda, vecino del también sacerdote Miguel Martell Valle, don Feliciano y doña Cuquita tuvieron amistad con la señora María Valles y don Lupe Martell. “Mi Infancia como la de muchas personas, transcurrió con muchas dificultades económicas, pero siempre salimos adelante gracias a Dios”.

Sus antepasados son totalmente opuestos, por parte de su mamá la señora Cuquita, su bisabuelo fue minero en Cedral, San Luis Potosí, sin embargo al concluir el periodo de la minería en el poblado, sus bisabuelos migraron a Saltillo.

“Mi bisabuelo Desiderio y mi bisabuela Tranquilina decidieron venirse a buscar vida, tenían ocho o nueve hijos. Se vinieron desde allá prácticamente en una peregrinación a Saltillo quiero pensar que a pie. Mi bisabuelo murió en el camino y llegó sola mi bisabuela Tranquilina con todos sus hijos, el más grande era mi abuelo Juan, Matilde y ellos empezaron con la venta de nieve. Mi tío abuelo Víctor Ramos fue el que continuó la tradición de la nieve Ramos”, comentó el sacerdote.

Su papá don Feliciano Flores siempre fue músico, aunque aprendió a tocar la guitarra y creció en medio de un ambiente bohemio, los escenarios no fueron la elección de Ignacio.

Una infancia de trabajo

La guitarra fue compañera en el pre coro, en oraciones y jornadas juveniles. Cortesía familia Flores Ramos

Además de ir a la escuela, José Ignacio emprendió su vida laboral a los ocho años, al lado de su casa estaba el expendio de paletas Alaska de la familia Cornejo, quienes le permitían llevarse el carrito a casa después terminar la venta en la Ciudad Deportiva Francisco I. Madero o se iba junto  con su hermano a los campos los Buitres, donde la venta de paletas o chicharrón durito estaba asegurada. “La situación en mi familia requería que mi hermano y yo trabajáramos para salir adelante, también me tocó muy chico trabajar en las ferias de Tamaulipas, de Reynosa, Río Bravo y Matamoros. Mi tío Lázaro que en paz descanse, nos recibía a mi hermano y a mí, a mis primos. Prácticamente todo el verano trabajábamos en las ferias y eso ayudaba a la economía familiar porque eso nos ayudaba a vestirnos, comprar zapatos y ropa para el año que empezaba y fue una etapa muy bonita”.

Su tío Lázaro era el encargado de las cantinas de las ferias antes mencionadas, por lo que darles empleo era fácil, pero eso sí, bien cuidados en el caso de José Ignacio al ser menor de edad, “Trabajaba de manera clandestina, me tenía escondido en un lugar partiendo limones y quebrando hielo, prácticamente todo el verano”. Dicho trabajo le permitió conocer a Denisse de Kalafe, Juan Gabriel, Napoleón, Lupita D’Alessio, Chabelo, entre otros artistas, así conoció el ambiente artístico entre adultos, y aunque le llamó la atención el medio artístico, su vocación fue definiéndose a los 14 años.

LA VOCACION LO LLAMA

La fe de su familia y el compromiso con la parroquia de Jesús Obrero lo llevaron a descubrir su vocación, al estar en el pre coro, participar en actividades que le fueran posible como apoyar tocando la guitarra, lo cual aprendió de su padre don Feliciano de oficio músico también amenizaba los eventos en la parroquia junto con don Guadalupe Martell. El padre Nacho reconoce que la inquietud de ser sacerdote fue por el padre Rodolfo Torres a quien ayudaba en Jesús Obrero, cuando lo enviaba con el locutor Marco Antonio Aguirre a grabar los spots para el tiempo de Cuaresma o fiestas parroquiales, sentía la inquietud de ingresar al seminario.

Perteneció al grupo juvenil CEC, pero a los 14 años sus padres decidieron levantar una casa propia en la colonia Pueblo Insurgentes, en donde empezaron desde los cimientos, a vivir sin servicios básicos como agua, luz, drenaje, la situación hizo que los lazos familiares se fortalecieran. Su gusto por continuar activo en la Iglesia lo llevó al grupo juvenil en la parroquia Sagrada Familia, con el padre Alejandro Aguilera quien lo envió al Seminario Menor.

A los 14 años iba a entrar a un preseminario pero tuvo un accidente. Al andar jugando con su novia se estrelló en una puerta de vidrio que lo mantuvo en reposo un tiempo. Entró al Tecnológico de Saltillo a estudiar técnico en contabilidad, fue ahí con el comentario de una de sus compañeras que la chispa de entrar al Seminario se encendió de nuevo, “Me decía tú tienes voz de padre y como que me despertó la inquietud”. Decidió iniciar el proceso de entrevistas y de Sabino, Héctor Urbina y José Ignacio, sólo él ingresó al Seminario.

“Cuando entré al preseminario ellos (papás) pensaron que iba a un retiro o brigada, cuando les dije que iba a entrar el día de la clausura si se sacaron un poquito de onda. Con mucha preocupación porque qué vas a hacer, qué necesitas, los gastos, el padre Jorge Sepúlveda tuvo una charla con los que íbamos a entrar al Seminario, los tranquilizó en cierta manera y les dijo síganlos tratando como a sus demás hijos, si los tienen que regañar, regáñenlos y  hasta la fecha”.

Lo que más disfrutó durante su estancia en el Seminario fue el apostolado, el convivir y conocer personas, ambientes, desarrollar objetivos en cada sector lo fue enriqueciendo hasta que se fue al Seminario de Guadalajara.

Crisis Vocacional

El radio y la locución es la otra profesión que satisface al padre Nacho. Foto: Brenda Delabra

Fue en el tercer año de teología cuando dudó si culminaría sus estudios o si el sacerdocio era para él. Con madurez enfrentó la situación, con la responsabilidad de ser el encargado de la tienda del Seminario donde estudiaban 400 jóvenes y además de cumplir con las clases había que surtir, abrir y preparar alimentos después de clases, de deporte y en los recesos.

“Mi familia lo sabe porque les escribí una carta. Llegó el momento de decir ya le invertí un montón de mi vida a esto y ¿si esto no es lo mío?,  voy a ser infeliz, ya tengo 25 años. Empezar una carrera otra vez, fue una etapa muy disipada en el Seminario”.

Para su fortuna recibió el apoyo familiar, tanto sus padres como sus hermanos le manifestaron respaldo en la decisión que tomara. Continuar fueron los planes de José Ignacio que fue nombrado prefecto de preparatoria, labor demandante, al ir al Seminario Mayor a cumplir con sus clases en cuarto año de teología, regresar al Seminario Menor a comer con los 48 alumnos, cuidarlos por las tardes, hacer tareas a la par, “Era un dormitorio enorme y eran unos huercos bien tremendos, me ayudó mucho, estudiaba y trabajaba”.

En el diaconado fue enviado a la parroquia Santa Rosa de Lima con el padre Ricardo Martínez Maciel, que fue para él un gran maestro. “Me enviaron de diácono a Múzquiz con el padre Ricardo Martínez Maciel… yo sabía que el padre era muy duro, parecía intocable pero me lo gané, yo llegué en las fiestas patronales de Santa Rosa, en una ocasión terminando la celebración y después de la convivencia con la gente me fui a mi recamara a descansar y al día siguiente  en la mañana vi que estaba enojado el padre, y me dijo: “Por qué te fuiste a dormir, hay que quedarse con la gente hasta que recojan las cosas y ayudarles”, lo entendí y se lo agradezco”.

El 30 de marzo de 1998, José Ignacio fue ordenado sacerdote por Monseñor Francisco Villalobos Padilla, de inmediato le dio la encomienda de ir como director espiritual al Seminario Diocesano de Saltillo. A los seis años de ministerio fue nombrado párroco en la Sagrada Familia, luego fue vicario en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús en la Aurora, párroco en el Señor de la Misericordia y actualmente está al frente de la comunidad del Santo Cristo del Ojo de Agua.

Su otra pasión

Alegre, amigo, busca siempre la unidad de la comunidad en la que ejerce su servicio pastoral.

En 20 años de ejercer su ministerio sacerdotal no ha vuelto a tener una crisis vocacional, al contrario ha evolucionado junto con la Iglesia y los fieles en la forma de evangelizar, al ingresar al mundo de la comunicación a través de Cristo en Línea, estación que cumplió 10 años al aire. A la par con sus actividades como cura, ha sabido involucrar a más laicos en la labor de informar a través de la radio por internet, transmisiones en vivo de eventos diocesanos, lo correspondiente a su parroquia Santo Cristo del Ojo de Agua, así como la visita del Papa a Cuba, la Peregrinación Anual al Cristo del Cubilete, entre otros.

“He creído que si quiero hacer algunas cosas en la vida, el sacerdocio no está peleado con eso, una de mis pasiones es la radio y la comunicación. Para mí no fue un pleito, creo que ambas cosas pueden ir de la mano, cuando quise hice un diplomado de locutor y ahorita estoy estudiando comunicación, y creo que esto no está peleado con la Iglesia”, apunta el padre Nacho con la firmeza de continuar ejerciendo su ministerio.






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