Hijo de la pobreza  

Pastoral de la Comunicación

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21 de noviembre de 2018

Saltillo, Coahuila

“Yo creo que no soy un mártir, ni tampoco alguien que se sangra a sí, mismo”

El padre Pantoja es ha sido ponente a nivel internacional, nacional y a nivel estado en materia de Derechos Humanos. Foto: Brenda Delabra

Cabello entrecano, un rostro que da cuenta de una vida de trabajo para sustento de la familia, costear sus estudios en el seminario y para aprender la realidad social de obreros, campesinos, jornaleros, sus inseparables camisas de cuadros y un  sentido de la vida totalmente apegado al sufrimiento de los pobres, es lo que describe la personalidad del padre Pedro Pantoja.

Es el octavo hijo de Tomás Pantoja y Ramona Arreola, nació en el ejido San Pedro del Gallo, Durango, desde chico conoció la migración junto a la familia de diez, pues las carencias del campo los obligaron a salir a Torreón a las pizcas de algodón, donde sus padres buscaron el sustento para él y sus siete hermanos cuando apenas tenía un año. Luego se mudaron Parras de la Fuente, Coahuila, donde hicieron una vida de aprendizaje, formación y se descubrió la vocación por el servicio a los demás, pues desde la infancia supo lo que era ganarse el pan de cada día.

“No nos alcanzaba el salario de mi padre y mi madre era muy inquieta y trabajadora, mi madre compraba leña, lavaba ropa, hacía pan, mi hermano y yo íbamos a vender la leña, vender el pan y de alguna manera entregar la ropa que mi madre lavaba”.

Trabajar desde niño no le impidió gozar de los juegos de la infancia, correr, saltar, jugar beisbol y box como algo nato, pues en aquel tiempo no había televisión y su familia no tenía ni forma de comprar un aparato para escuchar la radio.

Aunado a la formación en el trabajo don Tomás Pantoja y doña Ramona Arreola, siempre fueron unos padres ocupados de la educación académica y espiritual de sus hijos. A los cuatro años Pedro ingresó al Colegio de los Jesuitas en Parras, a esa edad hizo la primera comunión recuerda por formación de su mamá, quien sirvió en la parroquia y durante 40 años hizo apostolado en la cárcel.

“El que tuviéramos que trabajar no era motivo para que no tuviéramos una infancia feliz, nunca tuve una infancia oprimida o reprimida, de ninguna manera. Teníamos todo el amor, todo el cariño de nuestros padres que sabían combinar el exigirnos y hacer algo para colaborar en la alimentación y en lo que fuera necesario para la casa”, expresó el defensor de derechos humanos.

Estar en el Colegio de los Jesuitas cuyo compromiso social, servidores con los campesinos y trabajar en la educación para la gente humilde despertó su  vocación, “creo que si fue una semilla generadora de una vocación comprometida”.

Acoger a los más vulnerables es parte de su vida por ello da un lugar a la Pastoral de Sordos. Foto: Brenda Delabra

El duranguense nunca dejó de trabajar, ingresó al seminario a los 10 años y a los 21 terminó sus estudios de filosofía y teología, pero por derecho canónico se exigía tener más edad para ser ordenado sacerdote, sin embargo la concesión que Monseñor Luis Guízar Barragán logró del Vaticano para ser ordenado a esa edad no fue aceptada por el aún diácono, ya que al estar en el seminario y trabajar para costear sus estudios, lo hizo ver la realidad social y prepararse más.

“Tuvimos una formación en el seminario que deberían envidiar los seminaristas de hoy. Los cinco años de humanidades en Saltillo fueron excelentes, de tal manera que cuando nosotros llegamos al seminario de Moctezuma a Nuevo México con los Jesuitas, los de Saltillo éramos los mejor preparados en latín, griego, literatura, escritura, en ciencias sociales…, y no se diga la formación en filosofía y teología de lo mejor. Sobre todo porque yo creo que no hay mejor educación que la de los Jesuitas, como realmente fuimos formados en las ciencias sociales, la filosofía y la teología, pero algo muy importante nunca perdí la conciencia de ser hijo de la pobreza, nunca lo perdí”.

Durante su estancia en el seminario de Moctezuma en Nuevo México, Pantoja Arreola trabajó al igual que sus compañeros de escasos recursos, manejó un tráiler  de 20 toneladas el cual cargaba de carbón, tres días a la semana en turnos de seis horas, en periodos se le contrató para ordeñar vacas y recoger la pastura en el rancho del seminario. Vivió la experiencia de trabajar en las pizcas de uva en el “Valle de la Muerte”, junto al defensor César Chávez, Pantoja recuerda que trabajó en condiciones inhumanas, con más de 50 o 60 grados de temperatura, mal dormir, mal comer para una larga jornada laboral, además de enfrentar la violencia, el cansancio y aprendió a defender la vida, faltando tres años para concluir sus estudios en el seminario.

“Fueron seis meses de trabajo ahí y los estudios de teología con grandes maestros de tal manera que puedo decir que formación y trabajo… de esa manera formábamos el carácter y la conciencia social”.

También su gusto por la lucha social lo llevó a ser presidente del departamento de Acción Social dentro del seminario y al concluir su formación, decidió estudiar Ciencias Sociales en la UNAM, fue voluntario en el Secretariado Social Mexicano, donde compartió experiencia con los padres Pedro y Manuel Velázquez, formadores de la Pastoral Social y el sociólogo y sacerdote Jesús García, el padre Escamilla, ellos fueron los únicos que apoyaron abiertamente el movimiento del  ’68 año en el que terminó la II Reunión del Episcopado Latinoamericano en Medellín “La presencia de la Iglesia en la transformación en América Latina” y esto lo llevó a profundizar en que el aprendizaje debía ser social y fuerte. Razón por la que trabajó como obrero metalúrgico un año en Auto manufacturas S.A. en Tlanepantla, Estado de México, durante un semestre laboró jornadas de 12 horas, experiencia que endureció más la vida del futuro sacerdote que también estudió en el Instituto Latinoamericano.

En su regreso a Coahuila la labor pastoral continuó con el trabajo en las minas de Barroterán, después de la explosión de 1969 donde murieron 200 mineros. La experiencia lo ayudó más tarde para ser asesor de la lucha obrera en la huelga de Cinsa y Cifunsa, ya como sacerdote.

La figura del padre Pantoja como se le conoce, no es de un hombre débil o que muestre signos de flaqueza, “Siempre lo he visto fuerte, siempre lo he visto muy emprendedor y creo que momentos difíciles es cuando han venido situaciones difíciles para migrantes, son personas que él aprecia mucho y tiene mucho interés y cuando tienen situaciones duras, límites para ellos, yo lo he visto que sufre y está preocupado, muy preocupado por ellos”, comentó María Guadalupe Argüello quien trabaja desde hace 11 años en la Casa del Migrante Saltillo.

A pesar del trabajo que demanda la casa, siempre hay momentos de compartir o salir de la rutina, “Él se interesa mucho por el equipo de la casa, a veces llega y nos ve que estamos trabajando que estamos preocupados, y nos dice: venga Lupita, venga voluntaria, súbase es algo urgente. Y nos lleva a cenar a unos taquitos a dar una vuelta y se descansa, a veces todo el equipo planeamos salidas por ejemplo a Parras y siempre él es el que asa la carne, esta preocupado porque estemos bien, en un ambiente muy bonito de amistad y cariño”.

La ternura, amor y pasión con la que trabaja el sacerdote con 46 años de ejercer el ministerio es inspiración para sus colaboradoras y colaboradores a quienes a diario les da lecciones de vida. “El padre Pedro no tiene favoritismos, padre Pedro es, esa persona acogedora, es esa persona que a todos nos mira con el mismo amor, con el mismo cariño pero también desde la particularidad de cada uno y de cada una, así que agradecemos al padre Pedro su existencia, el ser él. Su ejemplo me motiva a seguir luchando y hacer que esta misión sea posible porque cuando muchos nos sumamos la carga es más ligera y podemos realmente conjugar cada una de las acciones que realizamos”, expresó Paula Florentino, colaboradora en educación en Casa del Migrante.

Hacer conciencia en la sociedad sobre los riesgos que corren los migrantes. Foto: Brenda Delabra

El servicio al prójimo sin condiciones, sin horario, sin medida marca el andar del rector de la Santa Cruz que además del trabajo en la Casa del Migrante, no deja de lado a su comunidad, a los enfermos y a todo el que lo necesite.

“El padre Pedro es una persona servicial, amoroso, una persona concreta en sus acciones, no anda con que uno o el otro, ahora si, ahorita no, lo que dice eso es lo que es y siempre es para el bien de los demás, nunca anda perjudicando a una u a otro”, asegura la hermana Paula.

Y esto lo refleja ante los miles de migrantes que llegan a la casa, y como dicen la primera impresión jamás se olvida, como narra Nery Tobías Maradiaga Herrera, migrante hondureño que llegó hace más de un mes a Saltillo.

“Esa noche vino porque viene gente a traer la comida, para mi fue mirar que es una persona buena, de buen sentimiento porque él aboga mucho por los inmigrantes y él estaba sirviendo la comida junto con las personas que vinieron a dejar el donativo. De todas las casas que he pasado, él es la persona que se preocupa más por los inmigrantes porque siempre está pendiente”. 

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