Hijo de la pobreza II

Pastoral de la Comunicación

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23 de noviembre de 2018

Saltillo, Coahuila

“La vida de los migrantes es la educación de la vida, es el aprendizaje más fuerte, es la espiritualidad más profunda”.

Parte 2 de 2 

El asesinato de dos migrantes en este lugar inició el proyecto Casa del Migrante Saltillo. Foto: Cortesía Pastoral Social

Las experiencias laborales en el campo de Estados Unidos y ser obrero en el Estado de México, le cambió la vida, marcó una diferencia para caminar junto a los campesinos de Nueva Rosita ya ordenado sacerdote. Por su trabajo fue llamado para el Movimiento de Trabajadores Cristianos en América Latina y llegó una nueva oportunidad.

Pedro Pantoja fue becado por la UNAM para estudiar un post grado en Francia en tres opciones: psicología, filosofía y ciencias políticas y sociales, esta parte de su formación fue fundamental para lo que vendría los siguientes años, “Haber conocido a uno de los más grandes filósofos de la historia moderna Michel Foucault,era especialista en la filosofía social, la lucha social, después de esos estudios otra vez, viene el compromiso con los mineros”.

¿Cómo inicia el trabajo con migrantes?

“Ahí fue la primer pregunta, la primera comprensión de que la inspiración sobre el trabajo de los migrantes tal vez comenzó más fuerte en la realidad de Coahuila”, recuerda el asesor de la Casa del Migrante al conocer el origen de este fenómeno derivado de la prosperidad en las minas de carbón y conocer un Barroterán de 12 mil habitantes cuando era diácono, a menos de cuatro mil ocho años después. Un pueblo abandonado, en el que desaparecieron los cines, los casinos, las cantinas, la vida de abundancia.

“Caído todo el sindicato, no hay clínica, tenemos que trabajar todo eso, ahí si sale la problemática de migrantes, ¿qué va a comer ésta gente? ¿qué vamos a hacer?, las minas están acabadas, la gente se está yendo, las mujeres se están quedando solas, vámonos al norte y con los mineros iniciamos el camino de la migración”.

Primera Casa del Migrante en Coahuila

En las reuniones previas a la comida se informa a las y los migrantes sobre la cuestión migratoria. Foto: Brenda Delabra

“Ya estaba el Obispo Francisco Villalobos y le dije es tiempo ahora señor de pensar en una Pastoral de los Migrantes, permítame crear una casa en Ciudad Acuña porque allá la gente se muere de hambre, necesitan ir a trabajar a las maquiladoras, o necesitan cruzar la frontera o necesitan yo no sé  qué pero es el tiempo de iniciar un proceso de la migración”, fue en 1996 cuando se puso en marcha el proyecto de Emaús Casa del Migrante y el proyecto Frontera y Dignidad, albergando a la población migrante deportada de origen mexicano, luego llegaron los primeros migrantes centroamericanos.

La necesidad de finales de la década de los 90’s se incrementó, el camino es sinuoso, porque el trabajar con y para la población migrante implica más que el deseo de dar la mano.

“El trabajo de la migración es un sufrimiento completo, es una experiencia de dolor, es una experiencia para muchos de frustración por tener que morirse de hambre, es una experiencia para no morirse de hambre y tener que luchar por eso, es la persecución de los migrantes, es la injustica de la política migratoria, es la insensibilidad de la gente y el desprecio, la xenofobia y el rechazo, es hablar de un México sub humano, el de los deportados, el de los mexicanos que tienen que migrar a Estados Unidos, ver el sufrimiento de ser golpeados, despreciados por la Border Patrol”.

Para enfrentar todas las situaciones sociales, económicas, morales, políticas, culturales, de injusticia, procesos migratorios es necesario estar preparado y el padre Pedro se mantiene vigente subraya la madre Lupita Argüello.

“En su trabajo pastoral en situaciones de migrantes él siempre está viendo qué es lo que se está haciendo, está buscando qué hacer, buscando información en cuanto al tema, cuando va a una reunión de trabajo, trabaja ya sea escribiendo, proponiendo, investigando de alguna forma, él está como tratando de sacar las  cosas adelante, es como su deseo de que mejore la situación para todas estas personas”.

Levantar la Casa del Migrante en Acuña fue una talacha del duranguense y mujeres de aquel municipio que fue generoso, mientras que en Saltillo la Casa del Migrante nació por el asesinato de Delmer y David.

Cocinar y servir la comida a los migrantes es parte de la vida del padre Pantoja. Foto: Brenda Delabra

“Grandes mujeres entraron conmigo a la lucha social, toda una comunidad en Ciudad Acuña, toda una ciudad no como Saltillo, una generosidad de la gente inmensa, inmensa. La gente de Ciudad Acuña nunca nos faltó nada y teníamos más de 100 migrantes diarios cuando formamos el proyecto, había que trascender eso, había que vincularlos y entonces con eso se inició  toda una gran cadena con  las casas del migrante existentes, la de Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Acuña, Piedras Negras”.

Actualmente hay más de 70 casas del Migrante, un proyecto nacional e internacional. Pedro Pantoja ha recibido amenazas pero no es esto lo que le duele, el dolor más grande que ha enfrentado es cuando golpean, maltratan y matan a los migrantes.“Yo creo que se vengan cuando me han querido hacer algo o me han amenazado, el dolor más grande no es que me hayan golpeado, no es  que me hayan herido, sino que han golpeado por causa mía, hay una forma de venganza personal… por supuesto que han habido las amenaza, las mentadas de madre, pero eso es algo que siempre se la pagan con los migrantes”, declara el sacerdote.

En la Casa del Migrante Saltillo que está por cumplir 16 años, creció el proyecto con el apoyo de nuestro Obispo Raúl Vera López, O.P.; las situaciones de ese entonces asesinatos, persecución, mutilaciones al caer del tren, la avalancha de los centroamericanos después del huracán del ’98, han provocado un crecimiento mensual del tránsito por este hogar. La época dura parece no terminar, primero engendrar el proyecto ahora mantenerlo.

“Cuando yo le habló a los estudiantes para invitarlos a ser voluntarios yo no les hablo bonito, les hablo de la brutalidad de estos compromisos, de los riesgos, del hambre, de la soledad, del dolor de los migrantes de la injustica y de lo durísimo que es trabajar con migrantes y es como los estudiantes se comprometen más, como todos los voluntarios que hemos tenido aquí de muchas partes del mundo a nivel nacional y a nivel local”.

El asesinato de dos migrantes en este lugar inició el proyecto Casa del Migrante Saltillo. Foto: Cortesía Pastoral Social

La lucha iniciada en favor de los migrantes es desgastante pero alimentar su espiritualidad y contagiar a colaboradoras, colaboradores y los mismos migrantes mantiene la fortaleza de este luchador social que ha tomado los libros “Los pobres me han Evangelizado”, “Beber en su propio pozo” del teólogo y sociólogo Gustavo Gutiérrez, el aprendizaje con las víctimas y por supuesto alimentar el espíritu con la palabra de Dios, “No hay brebaje, no hay medicina para de alguna manera decir que debido a eso o me he medicado de esas cosas para aprender la dureza de la vida del migrante”.

“Para el padre Pedro Pantoja la liturgia es la vida, no anda con una espiritualidad aérea, sino que su  espiritualidad se concretiza en la realidad que las personas  necesitan,  y esa misma vida espiritual que se va concretando, también lo manifiesta en las personas desde la atención por eso la vida va unida a la liturgia”, atestigua la hermana Altagraciana, PaulaFlorentino.

Su fe, su amor al prójimo, amor a Dios lo convierten en un ser que transmite a quienes le rodean y logra alimentar la espiritualidad de quienes son recibidos en la Casa del Migrante Saltillo como Nery Tobías Maradiaga, “Que hay que seguir lo bueno, hay que ser uno no importa de que país sea o de que ciudad venga uno siempre tiene que tener las puertas abiertas para esa gente que viene huyendo de otros países de guerra, violencia de pandillas y de muchas otras cosas que se presentan porque no solo Honduras, Nicaragua, Venezuela, El Salvador, están pasando por muchas cosas muchos problemas y por eso es que la gente está inmigrando, a los inmigrantes siempre hay que darles una manos, es lo que me inspira a ser una persona abierta de corazón”.

El corazón del defensor de derechos humanos no se debilita a pesar de las cirugías en las que le han cambiado el marcapasos, porque su prioridad es seguir en la lucha y trabajar en lo que le apasiona.

“Nunca estoy estresado, nunca, por qué, yo opte libremente por esto… no estoy angustiado, no fui presionado nerviosamente a aceptar esto, no tengo complejos de ningún tipo, no tengo ausencias de comodidad, es decir he encontrado el punto feliz de mi vida, de mi sacerdocio, de mi compromiso, o sea no soy una gente sufrida de que estoy de alguna manera aplastando mi personalidad o privándome de algo, no… Creo que tengo lo que realmente necesito la espiritualidad de estos pobres y estas víctimas y sobre todo la lectura del Evangelio en el trabajo diario con esta gente”.


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