El hombre que desafió al país más poderoso

Fr. Raúl Vera López O.P.

Obispo de la Diócesis de Saltillo

El obispo Vera rememora cómo lo marcó la Revolución Cubana siendo estudiante y la ulterior aproximación de la Iglesia de la que forma parte y que vio en Fidel Castro una figura central para hacer frente a las injusticias del capitalismo.

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Fidel supo tocar y denunciar las estructuras de muerte y se enfrentaba a ellas, por eso tuvo infinidad de atentados. Foto: PRENSA LATINA/AFP

Cuando triunfó la Revolución Cubana yo era alumno de primer año en la escuela preparatoria. Mi maestra de historia universal nos daba su opinión de lo que significaba esa revolución y decía que era el primer pueblo que se emancipaba del dominio de Estados Unidos. Por sus apreciaciones comprendíamos que no era amiga del sistema económico capitalista y nos hacía ver que la opción por una dimensión mucho más amplia en la política, que fuera más incluyente, era una opción más participativa y, por ende, más sana.

Gracias a la preocupación que había dentro de mi propia familia y, especialmente, de mi madre, de la que aprendimos de manera bastante abierta lo que pasaba en el mundo, pude leer de manera positiva lo que la maestra nos decía. Pero también yo veía en el pueblo y en los amigos de la infancia lo que significaban las diferencias que marcaban las estructuras sociales en el interior de esa pequeña sociedad.

Claramente distinguía el trato que nos dábamos entre nosotros los pobres y la manera en que nos veían y nos trataban las familias más acomodadas. Llegué a percibir humillaciones de esa parte de la sociedad hacia nosotros. Incluso evidencié la manera abusiva de una persona que con apoyo de la policía buscaba remediar con la cárcel de un inocente sus actos injustos e inadecuados, fundando sus acciones en el dinero que tenía.

Desde la comprensión de la vida que esa experiencia y tantas otras que han pasado a lo largo de los años entiendo las situaciones que tuvo que enfrentar Fidel Castro Ruz para hacer un cambio estructural en el pueblo cubano, con uno de los ataques históricos más fuertes que se le hacen, tras haber implantado un modelo autoritario apoyado en el único régimen político, que como potencia mundial se podía enfrentar a Estados Unidos —y que era la Unión Soviética—. Se la jugó, se arriesgó, y cómo no, hay críticas muy duras sobre todo en las primeras etapas del régimen social que ellos eligieron.

Siendo un estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México y al tiempo en que en mi formación me ofrecían elementos en que se evidenciaba el endurecimiento de políticas entre Estados Unidos y América Latina, me tocó conocer a don Sergio Méndez Arceo, una persona de la Iglesia de la que soy parte, pero que era un hombre abierto al mundo contemporáneo, conocedor de las estructuras injustas y defensor ardiente de los derechos humanos, a quien conocí de cerca porque llegaba muchas veces a darnos charlas en la parroquia universitaria que guiaban los frailes dominicos. Y no digo que don Sergio fuera un propagador del régimen cubano, pero los signos que daba eran muy potentes, no obstante que dentro de la misma Iglesia esos gestos no eran aceptados. Uno de ellos eran las entrevistas que tuvieron don Sergio Méndez y Fidel Castro.

Don Sergio fue una de las luminarias o mentes brillantes de la teología latinoamericana que inició como teología de la liberación, que intenta aplicar las líneas del Concilio Vaticano II en el trabajo pastoral con dos conceptos básicos: la justicia y la liberación de los pobres a través del cambio estructural de la sociedad.

Fue un profeta que trabajó por los cambios que se tenían que generar en México y en América. Articuló su vida de obispo con la reflexión política en la que sus palabras surgían del evangelio. No era un hombre cerrado a lo diferente y Fidel Castro era un político diferente al común de los que había en América Latina, plegados y cobijados al régimen político norteamericano. Cuando surge Salvador Allende en Chile, quien intentó también cambiar las estructuras de su pueblo y llevarlas a un régimen socialista, don Sergio se unió a la reflexión teológica que surgió en Chile y que se llamó Cristianos por el Socialismo.

Eso me llevó a admirar a don Sergio y a entender por qué se entendía un obispo católico mexicano con el revolucionario primer ministro cubano. Valía más lo que escuché de don Sergio sobre la preocupación por los pobres, los obreros y su comprensión tan abierta de la aplicación del evangelio en la vida del mundo que tenía Castro, que todas las críticas que se hicieron de él en vida, o ahora que ha partido de ella. Entiendo bien que la opción de Castro sí era por la justicia en el mundo, que verdaderamente le interesaba el sufrimiento del hombre y de las personas más débiles, que su iniciativa no era de ninguna manera una hipocresía, y que se movía no solamente en su propia patria, sino en muchas otras partes de la vida del mundo. Me llamaba la atención el que Cuba pudiera proporcionar en momentos muy difíciles ayuda humanitaria a otras naciones. Me impresiona aún el lugar que atletas, médicos, educadores, avanzan a escala mundial pese al bloqueo, las presiones o los errores de gobierno.

Cuando comparo lo que a él se le critica con lo que pasa en nuestra propia nación, y el servilismo al capital que hay en México, el genocidio, las decisiones económicas en beneficio de unos cuantos, las reformas estructurales, la apertura a una invasión extranjera, la muerte de la tierra, la falta de respeto… Cuando veo México, no comprendo la falta de críticas y de acciones revolucionarias.

A Fidel Castro se le escuchaba dictar palabras así: “Uno de los principios más sagrados de la Revolución Cubana es la solidaridad. Para los que creen en el hombre, en la bondad, para los que aman a los seres humanos, para los niños que sufren o mueren, la humanidad solo cambiará cuando a una persona le duela, igual que a la familia que lo sufre, la muerte de cualquier niño como si fueran los propios hijos”. Una persona así se mueve para cambiar la situación de quienes sufren y eso hizo Fidel, aun después de que dejó de tener el apoyo que le brindó la Unión Soviética cuando esta desapareció.

No fue una persona fría como lo son quienes son parte y promotores del mundo neoliberal, que se expresan de quienes están en pobreza extrema sin preocuparse por las causas. Fidel supo tocar y denunciar las estructuras de muerte y se enfrentaba a ellas, por eso tuvo infinidad de atentados. Hoy nosotros los cristianos, en medio del mundo moderno, estamos silenciando el evangelio, no estamos denunciando los motivos de tanta destrucción ni a los causantes de tanta miseria que quieren doblegar a los pueblos. No nos atrevemos, y nos hacemos cómplices de que las injusticias sigan adelante.

Él tuvo ojos para ver las injusticias sistemáticas que el capitalismo produce, que lleva consigo violencia, personas hambrientas, migrando forzadamente, desplazadas, muertas. Para este momento de la humanidad se apagó una voz que fue un contrapeso enorme para los abusivos y desalmados que están destruyendo la tierra.

Información:

http://nwnoticias.com/noticias/el-hombre-que-desafio-al-pais-mas-poderoso

 

 

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